Competitividad contra equidadEconomía 

Competitividad contra equidad

La crisis de dos mil siete ha dejado profundas huellas en nuestra economía y nuestra sociedad; una de las menos deseables es una alta desigualdad económica. Puesto que la crisis se generó cuando ya estábamos en la Eurozona, no era posible proceder a una depreciación, como hacíamos con las viejas pesetas, que dejara que nuestros productos se hiciesen más atractivos para nuestros clientes del servicio extranjeros; y para acrecentar nuestra competitividad optamos por bajadas de sueldos y recortes en diferentes posibilidades, lo que se ha llamado una depreciación interna. La realidad es que todo esto ha provocado el empobrecimiento de extensas capas de la población, mientras que ciertos, no tan pocos, han mantenido o bien mejorado el volumen de sus ingresos. El resultado es una mayor desigualdad.

Mas no podemos echarle toda la culpa a la crisis, la historia viene de más atrás. En el pasado siglo, tras la restauración siguiente a la II Guerra Mundial, vivimos unos años en los que las políticas fiscales, la igualdad de ocasiones, el Estado del Bienestar… fueron formando una amplísima clase media en una gran permeabilidad social. Mas entonces fueron brotando inconvenientes, a diferentes ritmos en los diferentes países, que han ido poniendo en cuestión el modelo.

Por una parte, se han ido incorporando al mercado nuevos países que, con sueldos más bajos y regulaciones más benevolentes, hacen la competencia a nuestras empresas, y eso presiona a la baja los sueldos y aumenta el desempleo, sobre todo entre los menos cualificados. Lo mismo pasa con la inmigración poco cualificada, que al contratarse por sueldos bajísimos deja sin ocasiones a los que desean cobrar más; o bien con la tecnología, que va reemplazando de forma creciente muchos puestos, reduciendo la oferta de trabajo. No obstante, las personas más adineradas o bien las más cualificadas aumentan sus ocasiones en este mercado globalizado. Todo esto está incrementando las desigualdades en nuestro ambiente.

Considero que mucho del éxito de ciertas opciones políticas de extrema derecha o bien de extrema izquierda, o bien de los populismos, tiene su origen en el desasosiego de bastante gente al comprobar su descenso en la jerarquía social y en su nivel de vida.

Yo creo que no es bueno que las diferencias de sueldos entre aquéllos que ganan mucho y poquísimo sean tan grandes, que en una misma empresa el mejor pagado gane mil veces más que el peor retribuido. No es justo, ni equitativo. El inconveniente es de qué forma lo arreglamos. Las soluciones que manejábamos hace unos años marchan cada vez peor. De esta manera, por servirnos de un ejemplo, ciertos de nuestros políticos plantean subir impuestos a los que más ganan para acrecentar las coberturas sociales, progresar la educación o bien invertir en infraestructuras. Y la idea suena bien; el inconveniente es que si los subimos podemos reducir nuestro atrayente económico frente al inversor exterior o bien provocar deslocalización de actividad económica. En un planeta globalizado es preciso un cierto acuerdo entre estados para aplicar de forma exitosa estas medidas. Precisamos, poco a poco más, alguna forma de autoridad económica mundial que apoye, regule y redistribuya conforme el principio de subsidiariedad, tal y como nos ha recordado el Papa Francisco.

Y cuando se habla de subir salarios elevando el sueldo mínimo o bien incrementando la presión sindical, lo probable es que eso reduzca nuestra competitividad si no va de la mano de un incremento de la productividad. El camino del progreso económico es el incremento de la productividad, y eso lo conseguiremos con mejor tecnología, con mejores infraestructuras, con mejores marcos legales… y, sobre todo, con mejor capacitación de nuestros trabajadores que promueva la innovación y aumente el valor añadido. Lo que sucede es que estas son labores con resultados en un largo plazo. Es realmente difícil hacer milagros económicos.

Lo que sí tengo claro es que un auténtico desarrollo debe ver con un reparto equilibrado de la riqueza, y esto semeja en especial complicado en nuestro planeta actual.

Fernando Gómez-Bezares es Catedrático de Finanzas de Deusto Business School

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