Cultura Corín (capítulo siete)

Corín (capítulo siete)

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Lobo contempló pausadamente las expresiones de Bruno, habituado como estaba a calibrar los efectos de una oferta y el material del que estaba hecho su interlocutor. A Cora se le había enfriado el café y no había tocado el ‘lemon pie’, y eso que no acostumbraba a resistirse a semejantes manjares. Se sentía en falsa escuadra: fea, pobre y desactualizada, y diseccionada con lupa por un ex amante que la conocía desnuda, y por un tiburón que deseaba engullirse su negocito de un mordisco. Algo de todo eso intuyó el general retiro efectivo, pues extrajo del bolsillo interno del corazón un sobre, se lo dejó al lado de los cubiertos y lo palmeó aún tal y como si fuera una mascota amaestrada, o un regalo hermoso. En lo rigurosamente monetario, el sobre no engañaba: Cora recién lo abrió en Palermo y se lo entregó a Marisa Grillo, a la que en una lectura veloz le pareció un pacto suculento. «Nos equilibra todas y cada una de las cuentas, y nos deja armar un fondo anticíclico», decretó la contadora. Fina reaccionó en exactamente el mismo sentido: «Podemos acomodarnos a tus horarios y no perder mucho». Claudia fue la más tajante: «Si no agarrás vos, buscarán a otro, te comerán la clientela y te quererás matar». Cora recordaba las palabras del Turco Zarif en el elevador transparente, cuando bajaba meditabunda y se reía suavemente de sus problemas existenciales. «Te preguntás cuánto vale la libertad –dedujo el comisario–. Vas a ver que no vale tanto». Ella le lanzó una mirada aborrecible, mas reconocía interiormente que su conjetura era adecuada. ¿Cuánta libertad tendría en una empresa con cultura propia y reglas que no conocía? ¿No significaba un retroceso, tras todo cuanto le había costado la independencia? Al despedirse, Guillermo Lobo le había sugerido que se tomara unos días para pensarlo, y para cebar más el anzuelo le había prometido manos libres y ninguna injerencia: «No tenemos expertise, no vamos a molestar». Cora Bruno pasó dos noches de insomnio, y al final resolvió admitir el primer talón. Se instaló en un despacho aséptico con ventana a la estación de trenes, y cumplió jornada completa martes y jueves a lo largo de un par de semanas hasta el momento en que recibió la primera consulta. Para entonces, ya era una fuerte fumadora pasiva contemplada con sorna por ese planeta de varones antediluvianos; ya la habían bautizado ‘Corín Tellado’ y a su oficina ya le afirmaban ‘El consultorio sentimental’. El mismísimo Guillermo Lobo acompañó al primer cliente del servicio hasta el quinto piso, y la encomió en su presencia. Era alguien muy relevante para Sursegur: decidía si la protección y el traslado de caudales del banco que representaba se hacían con esa firma o con otras del entorno. Se trataba de un contrato millonario, y el buen señor era recibido como un príncipe, si bien no se daba ínfulas. Todo lo contrario: era un morocho delgado y muy, muy educado, que vestía de una forma sobria, mas que tenía una mirada vacilante. Lobo los dejó solos y cerró la puerta. Cora abrió su bloc y escribió su nombre y su edad: Gastón Cárdenas, cincuenta y tres años. Y aguardó que moviesen las blancas. Las mujeres, en estos preliminares, eran considerablemente más expeditivas y directas. Los caballeros, en cambio, se sentían un tanto abrumados, tocados en su masculinidad, y por ende daban vueltas, abrían y cerraban las manos, y se humectaban los labios pues se les secaba la boca. Cárdenas no fue la salvedad. Se sentía fea, pobre y desactualizada, y diseccionada con lupa por un ex amante que la conocía desnuda, y por un tiburón que deseaba engullirse su negocito de un mordisco —Como le afirmaba a Willy, tengo un inconveniente personal y precisaría un consejo –empezó–. Eso sí, con la mayor reserva. Cora sonrió para adentro: aquel gerente no deseaba decidir algo tan grave como el seguimiento de su esposa; solo procuraba a alguien que se lo sugiriera. Y que lo hiciese desde el más puro profesionalismo, a fin de que lo librase a él de haber tomado una resolución tan bastante difícil. —¿Se trata de su mujer? –lo empujó , y simuló que tomaba nota–. Cuénteme qué lo trajo hasta acá. —Nada concreto –se apuró, tal y como si quisiese quitarle peso al agravio–. Luisa es una persona excepcional. Y no me agrada dudar de ella. Me semeja injusto. —Pero percibió determinados cambios. —Está diferente –asintió, tragando aceite de ricino. Esta vez Bruno apuntó de verdad los datos que le transmitía. —¿En qué momento comenzó a apreciarlo? —No sé, hace 4 o 5 meses, mas puede venir de ya antes –titubeó–. Este año debí hacer muchos viajes por el banco y me percato de que estuvimos muy desconectados. —¿Tienen hijos? —Una hija de 27, que estudia un postgrado en La Sorbona. —¿A qué se dedica Luisa? —Nos conocimos en la capacitad, mas en el momento en que nos casamos y quedó encinta, largó la carrera. Se dedica a la casa, que es enorme. Sé lo que piensa. —¿En qué pienso, señor Cárdenas? —El síndrome del nido vacío. Bruno guardó silencio, a fin de que el cliente del servicio tuviese la necesidad de completar los puntos suspensivos. Él se removió en su asiento. —Nuestra hija se fue a vivir a París hace 6 años, y estos cambios de mi esposa comenzaron ahora. —Hábleme de esos comportamientos, con el mayor detalle posible. —En realidad, no hay mucho que decir. –Piensa unos segundos–. Está distante, como enojada. —¿El enfurezco es un estado permanente, o tiene arranques puntuales? —No, arranques. Sin motivo. Parece… —¿Semeja? —Como si me odiara en esos instantes. Mas después se le pasa, y volvemos a la normalidad, si es que la podemos llamar así. No sé. —¿Qué más? —Durante el día no está en casa y en ocasiones no atiende el celular. —¿Qué hay de su ropa? —¿Usted se refiere a si sale bien vestida? –repregunta–. Yo soy un desastre para eso. Mas sí, puede que ande mejor vestida. —Señor Cárdenas, no viene a este confesionario por tan poca cosa. ¿Qué prendió la luz de alarma? Cárdenas resopló y se palmeó las piernas, tal y como si necesitara darse coraje. —Tres temas –dijo entonces, y tragó saliva–. Comenzó a desatender la casa y a llegar tarde a los compromisos. Cuando menos un par de veces me afirmó que se había reunido con sus amigas del instituto, y me enteré de que era patraña. Y al comprobar sus cuentas me sorprendí, por el hecho de que estuvo haciendo extracciones fuertes a lo largo del último año y medio. —¿Tienen cuentas separadas? —Desde siempre y en todo momento. A la muerte de mi suegra, Luisa heredó una buena suma y tiene bonos e inversiones propias. Nos pareció lógico y sano que eso lo manejase y se sostuviera aparte. —¿Las extracciones prosiguen algún patrón? —Ninguno. Son irregulares, y de montos muy disímiles. —¿Hackeó a su esposa, señor Cárdenas? –le preguntó Cora, observando muy atentamente sus expresiones. Cárdenas cerró los ojos y sacudió afirmativamente la cabeza, derrotado y quizá arrepentido. Mas no pronunció ni una palabra, tal y como si pensara que lo estaban grabando y que no debía aceptar ese crimen. —Me imagino que su pirata informático no se limitó a las áreas financieras, y que avanzó sobre su casilla personal, su whatsapp y sus redes sociales. El gerente tosió tal y como si se hubiese atragantado, y volvió a asentir calladamente. Mas esta vez estaba resignado a exponerse, no le quedaba alternativa: —Luisa odia las redes, y en su correo electrónico no había nada extraño. —¿Y en su móvil? —Tampoco. —¿Su pirata informático le activó un localizador? —Sí -se lamentó. —¿Qué hallaron? —Tampoco hay lugares fijos. Fui a posteriori a dos o 3 que me apuntó, todos por el centro, y no me dio la sensación de que tuviesen alguna relación entre sí. —Buscó hoteles. —Sí, qué horror. Mas hay por todas partes, ¿no? A Cora le interesó ese misterio. Lo garabateó así como un enano signo de interrogación. —¿Charló con ella, señor Cárdenas? –preguntó sin levantar la vista. Nueva Relacionada documental No Corín (capítulo seis) Jorge Fernández Díaz Cora encontró a su clienta armada y con la suficiente desesperación para matar al marido infiel. Negoció con dureza y peligro para reducirla y la jornada concluyó con los nervios destrozados y un lingotazo —Varias veces –contestó , mas lo hizo tal y como si estuviese en falta–. Tras alguno de sus enfados y escándalos. Una noche la llevé a una cena romántica, le pregunté qué le pasaba y le afirmé que la extrañaba. Se puso a plañir, se levantó de la mesa y volvió caminando a casa. No deseó saber nada con que la llevase en el auto. Después me solicitó perdón y se fue a dormir. —¿Le charló de las patrañas y de los gastos? —No tuve valor.

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