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Crímenes perfectos, asesinos en serie y otros paSeos literarios por el lado obscuro de la vida

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Explica el cronista y escritor Antonio Joven (Barna, mil novecientos setenta y cuatro), directivo de la compilación Serie Negra de RBA y sospechoso frecuente de todo género de saraos negrocriminales, que cuando su editora le convocó a un café para intentar descubrir si, tras tanto tiempo lidiando con el género, «llevaba dentro una novela negra», lo que los dos descubrieron fue un ensayo con pinta de ciempiés y también infinidad de ramificaciones. Un libro variable y lleno de anécdotas y desmitificaciones que desembarca en plena BCNegra a lomos del muy sugerente título de «Lo leo muy negro» (Destino) para, como apunta su autor, hacer memoria, meditar sobre el encaje del género negro con los crímenes reales y atender «a sus mutaciones y perversiones«.

De esta manera, desde el crimen perfecto a nivel científico testeado (o bien prácticamente) que Scott Turow cometió en «Inocente» al genuino origen del Síndrome de Estocolmo pasando por las promiscuas relaciones de la novela negra con el audiovisual, las huellas indelebles de tradicionales como Jim Thompson y Dashiell Hammett o bien la macabra fascinación que despiertan los asesinos en serie, Joven agavilla acá autores, personajes y casos reales y también inventados para intentar entender por qué razón maravilla tanto el crimen y su trasvase literario. «Sin duda una parte de su atrayente yace en que, necesitada de captar el interés del lector y en consecuencia de adecuarse a las leyes del entretenimiento, la novela negra privilegia la aventura, el misterio y la acción, cuando en la vida real la mayor parte de delitos y crímenes son toscos y torpes, se resuelven de modo expeditivo y revelan que detrás hay psiques simples», apunta Joven.

Las idas y venidas de David Mamet
por el Chicago delincuente de la mafia y la Ley Seca, la derivada islandesa en la novela norteña, el oficio de Simenon, el acuerdo con el demonio de Truman Capote para acabar «A Sangre Fría»… Capítulo a capítulo, «Lo leo muy negro» traza un personalísimo mapamundi negrocriminal en el que no faltan figuras capitales como Sherlock Holmes, James Bond o bien Philippe Marlowe. Tampoco, claro, esos «monstruos contemporáneos» que, bajo el título genérico de asesinos en serie, «anidan en el lado más obscuro de nuestra imaginación» tomando el relevo de vampiros, hombres lobos y otros espíritus malignos.

Pulsión patológica
Es exactamente acá, en la entronización de los Hannibal Lecter de este planeta , donde Joven advierte «una de las perversiones más flagrantes del género». «El arquetipo moldeado por las ficciones literarias y audiovisuales ha puesto el acento en la inteligencia, capacidad de seducción, altura intelectual y refinamiento cultural del asesino en serie. De forma que a la atracción morbosa que generaría por sí un individuo que siente una pulsión patológica por matar se le agregan rasgos y capacidades envidiables y de un perfil complejo. No dejan de aterrarnos mas se les manipula a fin de que, al tiempo, caigamos rendidos a sus encantos», explica. El arquetipo se ha normalizado (o bien desfigurado) hasta tal punto que un país como Noruega, que solo ha debido lidiar oficialmente con un asesino en serie (Arnfinn Nesset, un enfermero acusado de matar a veintidos pacientes), ha iluminado una patológica alineación de sicópatas seriales. Solo Jo Nesbo, por servirnos de un ejemplo, ha dedicado doce de novelas a perseguir a otros tantos asesinos en serie.

Antonio Joven, Cronista y escritor
Al hilo del bum norteño y de ese rodillo comercial supuestamente irrefrenable, Joven aprovecha para matizar ciertos tópicos de forma tradicional asociados al género negro. «A nivel global, su salud comercial es buena, sobre todo en el campo anglosajón, norteño y francés. Acá no hay hordas de seguidores, sino un nicho expandido, mas el éxito de unos pocos nombres y la saturación de títulos pueden llevarnos a meditar que todas y cada una de las bibliotecas personales rebosan de ficciones negras», narra. Otra cosa, agrega, es «la salud literaria». «Circula una sobreproducción que implica una infestación de títulos mediocres, malos y espantosos. Por descontado que hay mucho talento mas es limitado en comparación con lo afirmemos «mejorable». Pues el género negro es altamente sensible a las tendencias, basta que funcione una propuesta -pongamos ‘La chavala del tren’- a fin de que florezcan epígonos de calidad decreciente», ilustra.

Tampoco se olvida el cronista de su faceta de entrevistador tenaz y dedica el último capítulo de «Lo leo muy negro» a recordar encuentros con excelencia del género como Sue Grafton, Petros Márkaris, Ian Rankin o bien, glups, el temible James Ellroy. «Ellroy, vampirizado por su papel de pulguillas fiero, puede amargarte el día», reconoce tras medirse con el creador de «La Dalia Negra» más de una vez.

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