Cuando la tabla periódica se puso al servicio de Isabel I de InglaterraCiencia 

Cuando la tabla periódica se puso al servicio de Isabel I de Inglaterra

Al reinado de Isabel I de Inglaterra, que empezó en mil quinientos cincuenta y ocho y acabó con su muerte en mil seiscientos tres, se conoce popularmente como la temporada Tudor. Pese a que la dinastía se comenzó considerablemente más atrás –en mil cuatrocientos ochenta y cinco- cuando llegó al trono Enrique VII, el abuelo de Isabel.

Su papel político en la historia está fuera de toda discusión, tal vez lo que es más ignoto es la tendencia que marcó en lo que se refiere a moda se refiere. Un gusto que estuvo encabezado por sus manías y obsesiones.

La reina inglesa era muy petulante y su vestuario era aparatoso hasta límites inconcebibles. Conforme las crónicas de la temporada, era frecuente verla aparecer por los corredores de palacio con gorgueras en el cuello, mangas grandes y recios corsés. Mientras que adornaba su cuerpo con brazaletes, lucía joyas engastadas en el pelo o bien encallaban un sinfín de anillos en sus dedos.

Cerusa de Venecia
En concordancia con todo esto, cuidaba hasta el extremo su aspecto personal. Siguiendo las pautas que dictaban la moda de la temporada se rasuraba la línea frontal de implantación del pelo, mostrando una frente ancha y despejada, y se depilaba absolutamente las cejas.

Otro de los cánones de belleza más ansiados por las aristócratas era lograr una epidermis nevosa, un matiz horriblemente complicado de lograr. Sabemos que la reina era pelirroja y de cutícula blanquecina, la que acentuaba hasta conseguir una tonalidad prácticamente inmaculada. Para blanquear las pecas y las máculas empleaba brebajes a base de azufre, trementina y mercurio que, al final, terminaron pasándole factura.

Ahora pasaba al maquillaje facial, en el que invertía una gran cantidad de tiempo. El que se aplicaba la reina estaba compuesto por carbonato de plomo, tratado con vinagre, y sobre el que se agregaba clara de huevo, para favorecer la adherencia cutánea de la mezcla. En aquella temporada se conocía como albayalde –del árabe al-bayad, blancura- o bien cerusa de Venecia.

Lo cierto es que la utilización del plomo no era nada nuevo, los alquimistas venían empleándolo desde tiempo inmemorial y al estimar que estaba bajo la protección de Saturno –por eso asimismo se conocía como polvos de Saturno- desdeñaban sus posibles efectos desfavorables.

Con este maquillaje, que a veces llevaba trazas de arsénico, la reina virgen aspiraba a borrar las secuelas que le había dejado la viruela en forma de indelebles cicatrices.

Sabemos que jamás apareció públicamente sin afeites y que los utilizaba con derroche, hasta el punto de aplicarse una nueva máscara sin haber eliminado los restos de la precedente, lo que le terminó granjeando un semblante inexpresivo.

Polvo de galena triturado
Para dar color a los labios y a las mejillas empleaba carmín, conseguido de los jugos de ciertos vegetales –amapolas- y de la cera de las abejas. La tonalidad bermellón que se alcanzaba con estos compuestos muy frecuentemente rozaba lo esperpéntico.

Una de las novedades cosméticas del instante fue el uso de carmín desde las cochinillas de los cactus y al que la reina no pudo resistirse. Este animal procedía al otro lado del Atlántico y, de ahí que, tenía un elevado costo monetario.

Isabel I de Inglaterra asimismo utilizaba un polvo de galena triturado –kohol- para dar sombra a sus ojos, un antídoto que había empleado siglos atrás la mismísima Cleopatra.

Los estragos de la cosmética alquímica
Debido a la regia afición por los postres, la caries hizo mella en su dentición a una edad muy temprana, dejando al resto de las piezas marcadas por una tonalidad oscura. Para contrarrestarla Isabel se aplicaba a diario una pasta de plomo.

Todos estos potingues aceleraron su envejecimiento cutáneo, precipitando la aparición de una epidermis grisácea y arrugada, a lo que se agregó una caída prematura del cuero capilar y un ribete grisáceo a nivel dental, un signo indudable de saturnismo.

Muchos estudiosos defienden que fue exactamente esta toxicidad la responsable, en parte, de la muerte prematura de muchas aristócratas de la Era Tudor.

En resumen, que la belleza de Isabel que vemos en películas y series es extraña al rigor histórico y está más en consonancia con la dosis de romanticismo que hayan querido aportar argumentistas y directivos.

M. Jara

Pedro Gargantilla es médico internista del Centro de salud de El Escorial (la villa de Madrid) y autor de múltiples libros de divulgación.

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