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El Cantar de Mío Cid, logo de lo de España

He sido siempre y en todo momento un entusiasta de la épica, tanto de la popular (Volksepos) como de la artística (Kunstepos), mas más de la primera que de la segunda. La épica de laboratorio me maravilla, mas no tanto como la épica oral, esa reunión de palabras donde tiene su asiento el inmortal y también indispensable Volksgeist o bien «espíritu popular», tan incorrecto el día de hoy desde el punto de vista político. Por eso, incluso considerándome un seguidor incondicional del Viaje de los Argonautas, de la Eneida, del Orlando colérico o bien de La Araucana, las obras épicas que figuran en la vitrina de mis máximas preferencias son la

Epopeya de Gilgamesh
mesopotámica, el Ramayana sánscrito, la Ilíada, el Beowulf, la Chanson de Roland y el Nibelungenlied, por limitarme solo a 6 títulos que me emocionan, o bien 7 si incluyo en la lista —cosa que hago muy gustoso— el Cantar de Mío Cid, ahora que va a exponerse coram populo en la Biblioteca Nacional.

A lo largo de los años en que dirigí esa corporación, entre mil novecientos noventa y seis y dos mil, me preguntaban frecuentemente qué pieza de exactamente la misma —y son innumerables los tesoros que cobija la reina de nuestras bibliotecas— me parecía más relevante y simbólica. Yo respondía al punto sin dudar: el manuscrito de Per Abbat, fechable en mil doscientos siete, que contiene el Cantar de Mío Cid. Siendo consciente de la singular relevancia de ese códice, encargué a unos profesionales de la informática que se hiciesen cargo de la edición en CD-Rom del manuscrito cidiano, inaugurando una compilación rotulada «Tesoros de la Biblioteca Nacional». Corría el año del Señor de mil novecientos noventa y ocho, y los estudiosos pudieron acceder desde entonces al Cantar por medio de aquella edición electrónica tal y como si se encontraran delante del original. La tecnología del CD-Rom languidece el día de hoy en el más lúgubre de los pretéritos, mas entonces era moderna, y nos servimos de ella.

Mucho ya antes, a fines de los años setenta del pasado siglo, adquirí en la librería de mi amigo Luis Bardón un ejemplar limpio de los 4 volúmenes que componen la Compilación de poesías castellanas precedentes al siglo XV de Tomás Antonio Sánchez. En el primer volumen, publicado en mil setecientos setenta y nueve por Antonio de Sancha, figura impreso por vez primera el poema del Cid (páginas doscientos veinte-cuatrocientos cuatro). Puesto que bien, en mi ejemplar, que perteneció a Pedro José Pidal y Carniado (mil setecientos noventa y nueve-mil ochocientos sesenta y cinco), primer Marqués de Pidal, hay una serie de muy, muy interesantes anotaciones a pie de página por las que pude enterarme, por poner un ejemplo, de la data precisa en que el Marqués adquirió al biblómano y arabista Pascual de Gayangos el códice de Per Abbat y de otras curiosidades por el estilo. Notifiqué de ello en un muy breve artículo aparecido en la gaceta filológica El Crotalón (volumen II, mil novecientos ochenta y cinco, página ciento sesenta y uno). El códice estuvo en poder de la familia Pidal hasta el momento en que, en mil novecientos sesenta y uno, la Fundación March lo adquirió a dicha familia para donarlo de manera inmediata a la Biblioteca Nacional, donde se halla alojado desde ese momento.

De las 7 epopeyas que ya antes cité —que son 7 como los Samuráis de Kurosawa (mil novecientos cincuenta y cuatro) y los Espléndidos de Sturges (mil novecientos sesenta)— no es la del Cid, no obstante, mi preferida. Eso no desea decir que no me parezca impresionantemente bella, sino más bien solo que las 6 sobrantes me semejan todavía más preciosas. Todo lo que maravillaba al profesor Ramón Menéndez Pidal (mil ochocientos sesenta y nueve-mil novecientos sesenta y ocho) —cuyo sesquicentenario festejamos este año— con relación a el presunto realismo de la literatura de España, que habría comenzado a manifestarse con trazos robustos en el Cantar del Cid, es justamente la única queja que podría yo poner, en mi condición de lector, al juglar anónimo que compuso el poema copiado por Per Abbat. Rara vez he visto un texto literario en que el dinero cobre un estrellato tan grande como en el Cantar. Desde la artimaña de las arcas llenas de arena ofrecidas a los prestamistas judíos Rachel y Vidas a cambio de dinero contante y sonante hasta los botines amonedados o bien en especie que va cobrando el Cid en sus correrías victoriosas, o bien los diferentes repartos del botín entre los hombres del Campeador, o bien las dotaciones económicas de todo género que destina el caudillo a su familia, al abad de San Pedro de Cardeña o bien al rey Alfonso VI (a este último a fin de que revoque su orden de destierro). Rara vez he visto, en ese acendrado realismo tan alabado por don Ramón, un epos tan volcado en lo económico como el de Mío Cid.

Mas esos detalles tan realistas —que a mí, particularmente, me revientan— empalidecen frente a las magias narrativas y poéticas del Cantar. El inicio, sin ir más allá, es de película: estremecedor, pasmante. Esos rudos guerreros cabalgando por las calles de Burgos, mientras que unos acobardados burgueses los espían desde las ventanas de su casas, murmurando la oración imborrable que aprendimos de niños: «¡Dios, qué buen vassallo, si oviesse buen señor!». Entiendo que Manuel Machado se haya servido de esa partida del Cid cara el exilio para iluminar uno de sus poemas más festejados. Y qué me afirman de la despedida de Jimena y Rodrigo frente al abad don Sancho, en Cardeña, cuando el juglar nos obsequia esta oración imperecedera: «Así s’ parten unos d’otros commo la uña de la carne». O bien la descripción del robledal de Corpes donde los malvados Infantes de Carrión se plantean hacer su fechoría incalificable: «Los montes son altos, las ramas pujan con las nubes».

Mío Cid, además de esto, no es solo el del Cantar, de igual modo que Aquiles o bien Ulises no son solo los que aparecen en los poemas homéricos, de exactamente la misma manera que el Roland de la Chanson se conserva en los Orlandos de Boiardo o bien de Ariosto, múltiples siglos después. Mío Cid es, asimismo, el Rodrigo Díaz de Vivar de los romances, considerablemente más minuciosos y detallistas en el momento de contarnos su vida y sus milagros, desde la cuna hasta el sepulcro. Mío Cid es la criatura recreada por Guillén de Castro, por Pierre Corneille, por tantos otros. Mío Cid es el símbolo de esa españolidad mestiza, seria, desprendida, inexorable y ventajista que efectuó la gesta conquistadora y colonizadora de América en los Siglos de Oro. Mío Cid es un héroe de cualquier tebeo de los cuarenta. Y entonces, el día de hoy, mañana, Mío Cid era, es y proseguirá siendo el logo de lo español: la versión antropomorfa del toro de Osborne asiendo una espada que apunta a las estrellas.

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