El despertar salzburgués del «Oedipo» de EnescuCultura 

El despertar salzburgués del «Oedipo» de Enescu

Valoración Crítica«Oedipo»

Felsenreitschule, Salzburgo (Austria).

Markus Hinterhäuser, intendente del Festival de Salzburgo, conoce a fondo el arte moderno, y no duda en explicarlo como expresión moderna de viejas obsesiones. De ahí la presencia, aproximadamente evidente, de la mitología y sus metáforas en la programación del festival en los últimos tiempos, y su muy explícita aparición en la edición de dos mil diecinueve. Prosiguen vivos los mitos de la antigüedad, que el cofundador del festival, Hugo von Hofmannsthal, vio como un «espejo mágico», explica Hinterhäuser: los cuentos míticos que «aún proponen preguntas relevantes sobre la existencia humana, la guerra, la escapada, el sacrificio, la venganza, la culpa y la expiación». Idomeneo, Medea, Alcina, Orfeo, Salomé… se asoman silenciosamente ofertando su mensaje intemporal. El Festival de Salzburgo carece de un título o bien leimotiv que abrace sus muchos conciertos, recitales, obras teatrales en verso, funciones infantiles, representaciones operísticas… Mas está claro que el razonamiento mitológico entreteje sus propuestas estableciendo una congruencia de fondo.

Asimismo está presente Edipo, el hijo de Layo y Yocasta que, obligado por el destino, mató a su padre y casó con su madre. Su presencia ha sido una incesante en la historia del arte. Desde la perspectiva musical, de Henry Purcell a Honegger, pasando por Stravinski, Wolfgang Rhim y, en España, Durán o bien Josep Soler. En ciertos casos, como en el «Oedipo» de George Enescu, padeciendo la vergüenza de un olvido solo entendible desde la situación de obra singular, de bastante difícil representación.

Hay un dato que llama la atención: los propios directivos de la producción que este año ofrece Salzburgo, Ingo Metzmacher y Achim Freyer, reconocen que el espectáculo es una propuesta abierta que mismos no terminan de entender. Lo afirman en el sentido visceral, bajo la impresión de estar frente a una realización que deja un profundo poso de inquietud. Vale la pena rememorar al escritor Alejo Carpentier, espectador, en su estreno en la ciudad de París en mil novecientos treinta y seis, quien apuntó que «Oedipo» es «una de las obras más ricas y sólidas que músico alguno haya escrito desde los albores de este siglo… una partitura que aporta una singular impresión de fuerza y grandeza».

El que Salzburgo haya sido capaz de renovar con excepcional solvencia lo que el propio Enescu deseó plantear, quiere decir que Metzmacher consigue al lado de la Filarmónica de Viena edificar un alegato introspectivo de apariencia simple, afable, que lima las asperezas de una música complicada, a veces directa y franca, a veces personal y también indefinible.

La comodidad con la que Metzmacher dirige esta partitura revela la consistencia del trabajo anterior y la calidad de unos músicos capaces de instantes excelentes así sea como marco sonoro a la peste que asola Tebas, ya la grandiosidad de un final que acompaña la muerte del mito. Muchos son los testimonios que charlan de excelente talento musical de Enescu, músico mas asimismo violinista y profesor, y de las muchas contrariedades que atravesó la composición de «Oedipo».

Entre las obsesiones estaba conseguir que el texto fuera meridianamente entendible, que la música lo respetara y lo convirtiera en vez de sostenerse a él. La enorme orquesta de Enescu, en la Felsenreitschule de Salzburgo, aporta, aun desde las primeras filas, una sensación camerística, refinada. Charlar de algo esencial es reconocer que en esta versión hay elocuencia en la pretensión y concentración en el resultado.

El trabajo de Metzmacher se anota en perspectiva muy una actual extraña a metafísicas románticas. Posiblemente Enescu quisiese una agitación que el día de hoy nos sonaría fingida. A lo largo de más de veinte años, el creador estuvo ofuscado con el grito que el actor Jean Mounet-Sully daba al interpretar la desgracia homónima de Sófocles. Es simple localizar la grabación en Youtube. Se observará que el tiempo lo ha transformado en un ademán histriónico, falso y afeminado. Muy, muy diferente del trabajo suculento que ofrece en Salzburgo el barítono Christopher Maltman, trazando la línea melódica con excepcional minuciosidad y sobreponiendo a ella los apuntes de «sprechgesang», encontrando homogeneidad en el timbre y aportando una sensatez trágica que acaba por conmover.

Las escenas culminantes como el grito que acompaña a Edipo cuando se arranca los ojos o bien el dialogo con la Esfinge, referencia de la obra, llaman la atención por su prudente desesperación. Se ratifica mediante un reparto de voces notables, realmente bien encajadas en sus papeles, y con las que se remata la fortaleza de la versión. Anaïk Morel como Yocasta; John Tomlinson, un veterano en el papel de Tiresias, Êve-Maud Hubeau representado a la Esfinge, Brian Mulligan como Creón…

Es indispensable el coro de pequeños y acá se contó con el Konzertvereinigung Wiener Staatsopernchor cuya tarea substancia una obra cuya acción trágica medra por medio de las escenas corales, de ahí su bastante difícil representación y la más simple interpretación en versión de concierto. El sentido estatuario de la obra, la parsimonia de la acción como reflejo de la voluntad de formarse en un enorme oratorio, cuadra bien con las paredes de piedra de la Felsenreitschule, cuyas ventanas sirven de curiosas hornacinas lugar desde el que muchas sentencias afloran con solemnidad, procedentes de un más allí que agita la acción que se desarrolla en el escenario.

La escenografía es prácticamente inexistente, apenas ciertos elementos de cierre que delimitan la escena: todo se edifica desde el vestuario y la iluminación configurando una sensación de irrealidad. El propio Enescu dio un sentido sinestésico de la obra. Acá, Achim Freyer lo exalta en una sucesión significante, desde el negro que termina por integrarse en el pasmante vestuario de los tebanos, hasta el verde que baña la escena de la ceguera.

Achim Freyer recuerda con cariño «La flauta mágica» que hizo en Salzburgo en mil novecientos noventa y siete si bien con «Oedipo» ha encontrado un razonamiento que le ha conmovido de forma particular. Estos días expone en Millstatt trabajos alrededor del mito mientras que trabaja en una estatua que espera que sea expuesta en el ambiente del festival. Su larga experiencia teatral se renueva ahora firmando la dirección de escena, la escenografía, la iluminación y el vestuario. Este último de sorprendente imaginación, con elementos desencajados, construcciones imposibles, arquitectura de voluntad colérica que pone el foco en el protagonista, a quien transforma en un púgil físicamente torpe y derrotado.

El hecho de que el libro original de Edmond Fleg combine leyendas y recreación en una historia que trata de edificar una biografía completa del mito, quiere decir que Edipo nace siendo un toma y muere siendo un perdedor bañado en su sangre. Él es el centro, el punto de fuga. Lo destaca esta producción reconocida por los espectadores con una ovación que medra poquito a poco, mientras que cada quien se lúcida del sueño.

«Oedipo»

Autores: George Enescu / Edmond Fleg. Intérrpetes: Christopher Maltman (Edipo), John Tomlinson (Tiresias), Brian Mulligan (Creonte), Vincent Ordonneau (El pastor), David Steffens (el enorme sacerdote), Gordon Bintner (Forbante), Tilmann Rönnebeck (El guardián), Boris Pinkhasovich (TeSeo), Michael Colvin (Layo), Anaïk Morel (Yocasta), Ève-Maud Hubeaux (La esfinge), Chiase Skerath (Antígona), Anna Maria Dur (Mérope), Coro infantil del teatro y festival de Salzburgo, Coro de la asociación de conciertos de la Ópera estatal de Viena, Orquesta Filarmónica de Viena. Directivo de escena, escenografía y vestuario: Achim Freyer. Directivo musical: Ingo Metzmacher. Lugar: Felsenreitschule, Salzburgo. Fecha: catorce-VIII

ARTICULOS RELACIONADOS

Leave a Comment