El Novecento de Camilleri (y más allí)Educación 

El Novecento de Camilleri (y más allí)

Camilleri ya se había quedado ciego cuando decidió echar la vista atrás. Tenía noventa y uno años y la certidumbre de que no vería medrar a su bisnieta Matilda, que por entonces –verano de 2017– contaba solo 4 primaveras y todavía no había descifrado el abecé. Se sabía mortal, mas asimismo memorístico, y era siendo consciente de que el papel podría subsistirlo, cuando menos, hasta el momento en que la pequeña se preguntara quién diantres era el viejo Andrea del que todos charlaban. Con lo que, como tantas otras veces, el infatigable bisabuelo empezó a dictarle a Valentina, su secretaria y asimismo sus manos: «Matilda, querida mía»… Con su voz modulada por el humo, asimismo infatigable, de sus cigarros (jamás dejó de fumar, hasta el momento en que murió en el mes de julio), Camilleri fue dibujando el recuerdo de su vida y los muchos mundos que habitó: la Italia fascista, la juventud, el comunismo, la poesía, el matrimonio, la democracia, el éxito… El resultado es algo como un fresco del hombre y sus circunstancias presentado en forma de misiva, que ahora llega a España con el título de «Háblame de ti. Carta a Matilda» (Salamandra). Para ella, un regalo futuro; para nosotros, un testimonio privilegiado y, por qué razón no, un jugoso anecdotario.

Su historia empieza, claro, en Porto Empedocle (Sicilia), donde nació en mil novecientos veinticinco, cuando «el fascismo era ya una dictadura consolidada» y cada sábado había que ponerse el uniforme para «hacer maniobras». La literatura, lamenta, no se destilaba mucho entre los pequeños, si bien tuvo la fortuna de que su abuela y su madre le enseñaran a leer a los 5 años. A los 6, alardea, ya devoraba los libros de la biblioteca paterna, renegando de lo infantil o bien lo juvenil. «Mis primeras lecturas fueron, en verdad, Conrad, Melville y Simenon. Y ya no paré de leer», sentencia.

El pequeño era, sobre todo, un entusiasta. Con diez años, tras enterarse de que Mussolini le había declarado la guerra a Abisinia, no vaciló en escribirle pidiéndole autorización para ir como voluntario al campo de batalla. El Duce, para pasmo del crío, le respondió diciéndole que «era demasiado joven»… En la adolescencia, cuando el nacionalsocialismo ya había entrado en el país por la vía del eje, descubrió lo que era el antisemitismo al ver de qué forma un compañero de clase se iba del instituto por ser judío. Fue ahí cuando comenzó a agrietarse su fe en el fascismo. En una visita del príncipe heredero Humberto a Sicilia, tuvo la enorme idea de gritarle: «¡Libérenos de Mussolini!». Le expulsaron del Partido Fascista, si bien entonces le reaceptaron por un acto heroico a lo largo de un bombardeo. Ya en mil novecientos cuarenta y tres, cuando le llamaron a filas, no vaciló en abandonar. «Ante el primer tanque americano que vi aparecer me eché a llorar», narra.

Jamás fue un enorme pupilo, si bien siempre y en todo momento resaltó en Italiano y Francés. A lo largo del bachillerato empezó a redactar poesía, y en mil novecientos cuarenta y siete quedó segundo en el afamado premio Saint-Vicent, tras Pier Paolo Pasolini. Ese año, Camilleri se fue a Roma a estudiar en la Academia Nacional de Arte Trágico merced a una beca. Cuando se quedó sin ella debió comenzar a sobrevivir. Su primer trabajo fue como lector de guiones, y su primer salario fueron 5 cartones de Lucky Strike, que vendió a los contrabandistas. Entonces ganó algo de dinero como asistente de dirección del director de cine Luigi Traga, si bien este solo le mandaba a «comprarle tabaco de vez en cuando» y acabó por aburrirse. Asimismo fue librero, extra y falso crítico de teatro en la ciudad de París, puesto que escribía sus recensiones desde Roma, mezclando lo mejor que había leído en los medios franceses. Aun escribió un documental totalmente inventado sobre el canal Volga-Don que entonces contestó la gaceta de la Kominform (sucesora del Komintern).

Camilleri fue un buscavidas (nada malo, por el hecho de que «Faulkner había vendido bocadillos» y «Steinbeck había sido portero de noche») hasta el momento en que, en mil novecientos cincuenta y tres, dirigió su primera comedia y también inauguró, de este modo, su carrera en el teatro. Asimismo fue el instante en el que conoció a Rosetta De ello Siesto, la mujer que le acompañó hasta la muerte. Cuenta que esta solo le dio una botefada en su vida, y que fue el día de su boda. «Al cabo de un segundo nos miramos y nos echamos a reír, a lágrima viva, y toda la ceremonia de boda en la iglesia fue una carcajada continua», evoca.

Aparte de dirigir teatro, Camilleri daba clases de interpretación en el Centro Experimental (fue el único maestro al que llamaron los pupilos en Mayo del sesenta y ocho) y trabajó a lo largo de muchos años para la RAI, la transmisora pública de Italia. Mas jamás dejó de redactar. Su primera novela se la contó a su padre de viva voz, en su lecho de muerte, y después la publicó sin mucho estruendos en mil novecientos setenta y ocho. Tenía cincuenta y cuatro años. El éxito llegó considerablemente más tarde y de forma absolutamente inopinada, en mil novecientos noventa y cuatro, cuando publicó «La forma del agua», la primera novela del comisario Montalbano, con el que siempre y en toda circunstancia tuvo una relación «amor-odio», puesto que jamás deseó hacer una enorme serie literaria. Fuere como fuere, el invento vendió dieciocho millones de ejemplares solo en Italia. «¿Y qué he hecho con ese dinero? He comprado una casa para mis hijas y mis nietos, y otra para Rosetta y para mí, y además de esto he tenido la calma de poder recurrir a ese dinero en el caso de necesidad, que no es poco», confiesa.

El siglo veintiuno
Con esa calma entró en el siglo veintiuno, que examinó periódicamente en la prensa. Le explica a Matilda el ascenso y la corrupción de Berlusconi, el apogeo del populismo y el resto inconvenientes de Europa, «que no va a poder subsistir si no cambia radicalmente muchas de sus leyes». Asimismo la previene del racismo («El otro eres visto en el espejo») y de los rencores históricos («Dejad que los fallecidos sepulten a los muertos»). No le da muchos consejos, pues «a vivir la vida se aprende con la práctica», mas sí una enseñanza: no juzgues con ligereza. Y le afirma que , por poner un ejemplo, debió lograrse un certificado de inestabilidad mental para librarse de participar en un jurado… «Desde entonces en los ficheros judiciales consta que estoy loco», bromea.

Hay mil anécdotas más (como la noche que subsistió a un tiroteo de la mafia o bien el día que renunció a un soborno de quinientos mil de liras) que acaban (auto)retratando a un hombre agraciado y congruente con sus ideas, a un escritor modesto y entretenido que jamás deseó «levantar catedrales», sino más bien «iglesias rurales pequeñas y sobrias». Asimismo a un bisabuelo que estaba de vuelta y media, mas que proseguía gozando de su familia. «No me asusta fallecer, sencillamente me molesta en extremo tener dejar a quienes más quiero», zanja en las últimas páginas de la carta.

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