El peligroso plan de EE.UU. para crear un anillo de agujas de metal en la órbita de la TierraCiencia 

El peligroso plan de EE.UU. para crear un anillo de agujas de metal en la órbita de la Tierra

A inicios de los sesenta las comunicaciones trasoceánicas dependían esencialmente de cables tendidos en el fondo marino. De ahí que, como ocurre el día de hoy con los satélites, se creía que serían una meta prioritario en el caso de guerra. Solo existía una alternativa: se podía hacer rebotar las ondas de radio contra la ionosfera de la Tierra para hacerlas llegar lejos. El inconveniente es que las tormentas solares podían interrumpir las comunicaciones cada cierto tiempo.

El planeta vivía el auge de la Guerra Fría, con lo que los estrategas estadounidenses estaban preocupados frente a la debilidad de sus comunicaciones trasoceánicas. Por este motivo, al tiempo que se hacían decenas y decenas de ensayos nucleares, contaminando el planeta y ocasionando miles y miles de casos de cáncer, los planificadores tuvieron una nueva idea. ¿Por qué razón no crear un anillo de metal en torno a la Tierra para facilitar las comunicaciones? Bastaría con sembrar el espacio con cientos y cientos de millones de agujas de cobre que funcionasen como antenas. Corría el año mil novecientos cincuenta y ocho y terminaba de nacer el proyecto Westford.

A ninguno de los planificadores le pareció una mala idea completar la órbita de la Tierra de pequeños proyectiles de metal. Simplemente, la amenaza del comunismo era más apremiante. Además de esto, por entonces el espacio parecía un sitio muy amplio: a fines de los cincuenta solo se habían lanzado un puñado de satélites y Yuri Gagarin aún no había atravesado la órbita. ¿Qué podía salir mal?

Como el tiempo probó después, sembrar el espacio de objetos no siempre y en toda circunstancia es buena idea: aún actualmente, existen decenas y decenas de «pegotes» de agujas atravesando el espacio a velocidades de decenas y decenas de miles y miles de quilómetros por hora, conminando naves y satélites.

El plan empezó en mil novecientos cincuenta y ocho, cuando la Fuerza Aérea de USA y el Departamento de Defensa le encargaron al laboratorio Lincoln, del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), crear un sistema de comunicaciones de largo alcance. La localidad de Westford, cercana a las instalaciones del laboratorio, bautizó el proyecto.

quinientos millones de agujas en el cielo
La solución propuesta, concebida por Walter Y también. Morrow y Harold Meyer, consistió en lanzar al espacio cientos y cientos de millones de finas agujas de cobre, de uno con setenta y ocho centímetros de largo y cerca de veinte micras de diámetro (4 veces menos que el grosor de un pelo humano) a fin de que el metal actuara como dipolo y facilitara la transmisión de ondas de radio de ocho GHz.

El proyecto requirió asimismo emplear antenas de alta ganancia y transmisores de alta potencia para mandar y percibir las señales, por medio de las agujas. Además de esto, estaba previsto poner en órbita unos veinte kg de filamentos con cada lanzamiento de cohete y que pasados unos años el viento solar los empujara de vuelta a la Tierra.

La idea se procuró poner en práctica el veintiuno de octubre de mil novecientos sesenta y uno. Los estadounidenses lanzaron un dispensador metálico cargado con 480 millones de agujas a bordo de un misil Atlas-Agena, mas hubo un fallo y la carga no se desplegó. Jamás quedó clarísimo cuál fue el destino de las agujas lanzadas.

Mas el proyecto Westford prosiguió adelante. En aquel instante, la paz pendía de un hilo. Los años mil novecientos sesenta y uno y mil novecientos sesenta y dos, en el que se generó la crisis de los misiles cubanos, presenciaron cerca de doscientos ensayos de explotes de bombas nucleares.

Pese a todo, un conjunto de astrónomos británicos, con el apoyo de la Royal Astronomy Society, protestó enérgicamente, frente al miedo de que las agujas complicasen las observaciones astronómicas. El diario soviético Pravda acusó a U.S.A. de «ensuciar el espacio».

Tras una serie de asambleas segregas de la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos, la administración de Kennedy procuró una solución de compromiso. Las agujas se desplegarían en una órbita baja, de manera que reentrasen en la atmosfera pasados unos años, y prometieron no hacer nuevos lanzamientos hasta el momento en que no se examinasen los resultados del precedente.

Éxito en las comunicaciones
El nueve de mayo de mil novecientos sesenta y tres Estados Unidos volvió a hacer un lanzamiento. Esta vez se consiguió poner en órbita unas trescientos cincuenta millones de agujas a una altura de tres mil quinientos quilómetros, en una banda que cruzó el polo norte y el polo sur. Ahora, se realizaron los ensayos de telecomunicaciones. Su resultado fue un éxito: se consiguió hacer conexiones por voz y mandar teletipos entre California y Massachusetss. No obstante, en seguida las agujas se desperdigaron y la calidad de las transmisiones cayó en picado.

«La ionosfera artificial –escribió S. David Pursglove en «Radio-TV Experimenter»– por vez primera va a hacer posible la T.V. y radiocomunicación fiable, de alta calidad y de bajo costo entre 2 puntos cualquiera sobre la Tierra».

No obstante, no todo el planeta se mostró tan optimista. La naturaleza militar y prácticamente segrega del proyecto llevó al renombrado astrónomo británico Sir Bernard Lovell a declarar: «El daño no solo radica en el experimento en sí, sino más bien asimismo en la actitud que lo ha hecho posible, sin resguardas ni pacto internacional». En verdad, el año precedente E.U. había sorprendido al planeta con la mayor explosión nuclear en el espacio, en la prueba Starfish Prime, y ya se había cosechado mala fama.

La reacción internacional
Múltiples conjuntos de científicos, entre ellos la Unión Astronómica Internacional (IAU) y el Comité de Investigación Espacial (COSPAR), demandaron participar y tener acceso a los detalles de los ensayos. Por último, se alcanzó un acuerdo que garantizó que los científicos participasen en la evaluación y planificación de proyectos en el espacio exterior.

El tema llegó hasta naciones Unidas, donde el embajador de Estados Unidos, Adlai Stevenson, defendió el proyecto.

Por último, el pacto entre los científicos y USA para el proyecto Westford entró en el Tratado del Espacio Exterior, ratificado en mil novecientos sesenta y siete, que estaba desarrollado para batallar contra la militarización y la humillación del espacio. Conforme este marco, ningún país puede demandar el espacio o bien algún cuerpo celeste, todos deben comprometerse a no contaminarlo y son responsables de cualquier daño ocasionado, entre otras muchas cosas. Además de esto, se prohibe el despliegue de armas de destrucción masiva y de bases militares y se considera a los astronautas como «enviados de la humanidad» que deben prestarse ayuda mutuamente.

Miles y miles de agujas prosiguen en el espacio
Y, ¿qué fue de las agujas? Tal y como estaba previsto, muchas de las que se lanzaron en mil novecientos sesenta y tres reentraron en la atmosfera y quedaron amontonadas en el hielo de los polos. Mas un número indeterminado de ellas se quedó en el espacio y aún continúa ahí, transformadas en pequeños proyectiles que viajan a decenas y decenas de miles y miles de quilómetros por hora.

A raíz de un fallo de diseño, ciertas agujas se unieron y formaron pequeños bloques en el vacío. Conforme un informe publicado para la Agencia Espacial Europea (ESA) en dos mil uno, estos bloques tienen la capacidad de continuar en la órbita a lo largo de décadas. En verdad, actualmente la Oficina del Programa de Restos Orbitales de la NASA controla hasta cuarenta bloques de agujas, que son parte de la vasta fauna de basura espacial que la carrera espacial ha sembrado en la órbita del planeta (en la página web «stuff in space» puede observarse su trayectoria). Además de esto, el informe de la ESA sugiere que deben existir miles y miles de agujas más imposibles de advertir.

Poco tras el segundo lanzamiento empezaron a lanzarse los satélites para comunicaciones militares, con lo que las agujas quedaron sumidas en el olvido. El laboratorio Lincoln, que inventó el proyecto, se transformó en un contratista clave de cara al desarrollo de satélites militares y recibió el encargo de observar las agujas que había lanzado. La Guerra Fría siguió su curso mas, en parte merced al proyecto Westford, el espacio empezó a verse como un patrimonio de la humanidad que había que resguardar.

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