Encuentran un mono que paseaba erguido hace once millones de añosCiencia 

Encuentran un mono que paseaba erguido hace once millones de años

El esquema tradicional de la evolución humana heredado de Hables Darwin muestra a una serie de ancestros en fila india que poquito a poco pasan de desplazarse encorvados a ponerse de pie y pasear como el hombre anatómicamente moderno. La imagen es muy ilustrativa, mas claramente demasiado simplista. Si algo nos han enseñado los paleoantropólogos en los últimos tiempos es que nada que deba ver con los orígenes de nuestra especie ocurrió sencillamente. Y entre las preguntas más intrigantes se hallan, exactamente, las que hacen referencia a en qué momento, de qué manera y por qué razón un primitivo miembro de nuestro estirpe empezó a pasear sobre 2 piernas. El descubrimiento en Alemania de un macaco ignoto de hace once,6 millones de años con una extraña mezcla de rasgos simiescos y humanos puede lanzar luz sobre estas incógnitas y, al mismo tiempo, tirar por tierra viejas opiniones.

La nueva especie, bautizada como Danuvius guggenmosi, se movía de forma diferente a cualquier criatura viva famosa, con los miembros extendidos, suspendiéndose de las ramas, mas asimismo poniéndose de pie sobre ellas. Descrita en la gaceta «Nature», ya andaba erguida en los árboles, adelantando en millones de años la aparición de la bipedestación. Para sus descubridores, esto quiere decir que el último antepasado común que compartimos con chimpancés o bien gorilas jamás se trasladó sobre los nudillos por el suelo. Tal vez se parecía mucho a esta criatura.

Los estudiosos de la Universidad de Tubinga hallaron los restos de cuando menos 4 individuos (un macho, 2 hembras y un juvenil) entre dos mil quince y dos mil dieciocho en un pozo de arcilla de Baviera. El esqueleto más completo, el del macho, tiene proporciones anatómicos afines a las de los bonobos de hoy día. Medía poco más de un metro y pesaba unos treinta y uno kilogramos.

Mezcla de rasgos
El sitio donde aparecieron los restos es parte integrante de la cuenca del los Alpes, en ese instante un paisaje plano drenado por ríos serpenteantes. El tiempo era caluroso y húmedo, con temperaturas medias catorce grados más altas que las presentes en la zona, considerablemente más cálidas que las que se registran en España. Los estudiosos piensan que el paisaje estaba formado por una flora abierta con bosques en galería durante los riachuelos, donde Danuvius pudo haberse alimentado, entre otras muchas cosas, de frutos duros, como prueba su esmalte bucal grueso y ciertas nosologías bucales.

Mas lo que verdaderamente llamó la atención de los científicos fue la sorprendente mezcla de rasgos del primate. «Danuvius es como un mono y un homínido en uno», asevera a ABC Madelaine Böhme, responsable del estudio. Como los bonobos, tiene los brazos levemente alargados y el pulgar prensible. Conjuntado con un codo flexible, las extremidades precedentes tiene los signos reveladores de la suspensión arbórea que se hallan en todos y cada uno de los grandes monos vivos. No obstante, la extremidad inferior de D. guggenmosi cuenta una historia diferente. «Las caderas, las rodillas y la tibia recuerdan a las nuestras. Era algo plenamente inesperado», reconoce la estudiosa.

La manera de las articulaciones del fémur y la tibia sugiere el empleo de posturas extendidas (verticales) que difieren de las de los macacos africanos, que doblan la cadera y las rodillas cuando esporádicamente andan en el suelo o bien en los árboles. Además de esto, la parte superior de la tibia está reforzada y la articulación del tobillo es estable.

El último antepasado común
Estas observaciones anatómicas llevaron al equipo a acabar que Danuvius tenía una forma de locomoción jamás ya antes vista. Al desplazarse, los primates favorecen sus brazos o bien sus extremidades siguientes, mas esta especie se desplazaba de una forma que los estudiosos han llamado «trepar con los miembros extendidos». Empleaba los brazos para desplazarse de rama en rama, mas asimismo podía caminar por ellas sobre la planta de sus pies. Que anduviera con regularidad en el suelo está menos claro.

Si Böhme y sus colegas están en lo correcto, el viejo paradigma de la evolución de la bipedalidad humana está en cuestión. Hasta el momento, la teoría más habitual ubicaba ese jalón en África oriental hace entre cinco y seis millones de años por cierto motivo relacionado con un cambio climático o bien ambiental que convirtió el paisaje frondoso en sabanas abiertas, lo que forzó a desamparar los árboles. Hay quien culpa a la explosión de una supernova tuvo la culpa.

No obstante, la especial forma de moverse de la nueva especie semeja apuntar que el bipedismo empezó en los árboles hace entre dieciseis y once,6 millones de años, mucho antes que apareciesen
Orrorin
(seis millones de años) o bien
Ardipithecus
(cuatro con cuatro millones de años), conocidos por estar entre los primeros homínidos que andaron erguidos. «Nuestro último antepasado común con los macacos no pasó por una etapa de caminar encorvado en el suelo. No se parecía a un chimpancé, seguramente se parecía a Danuvius», afirma Böhme. Después, el estirpe de los monos y el de los humanos se especializaron cada uno de ellos en una forma de locomoción. «Estábamos equivocados -reconoce-, hace falta una nueva teoría sobre la evolución del bipedismo que se adapte a nuestros nuevos descubrimientos. Trabajamos en ello».

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