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Estas huellas sugieren que el hombre llegó a América mucho ya antes de lo que se creía

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Una serie de huellas impresas en lo que una vez fue la ribera limosa de un lago en Nuevo México podrían transformarse en una de las pruebas más sólidas hasta el momento de que los humanos llegaron al continente americano mucho ya antes de lo que se pensaba.

Se trata de más de sesenta ‘huellas fantasma’, de esta forma llamadas por el hecho de que aparecen y desaparecen del paisaje, y muestran meridianamente que miembros de nuestra especie atravesaron lo que el día de hoy es el Parque Nacional de White Sands, en Nuevo México, hace entre veintitres y veintiuno años. Se trata de la mejor patentiza hasta el momento de que los humanos ya estaban en América del Norte en pleno auge de la última edad de hielo, que alcanzó su punto máximo hace exactamente veintiuno y quinientos años. El descubrimiento se termina de publicar en ‘Science’.

América fue el último de los continentes en ser ocupado por el hombre, mas el instante preciso en que nuestros ancestros llegaron allá es objeto de agrios debates científicos. Históricamente, los estudiosos han pensado que los primeros humanos llegaron al nuevo continente a pie, cruzando el puente de Bering, que hace unos trece años conectaba físicamente Asia con América del Norte, tras la retirada de la gran capa de hielo Laurentide, que tras haber cubierto Norteamérica a lo largo de miles y miles de años, se había retraído cara el Ártico.

Mas una serie de descubrimientos recientes tanto en América del Norte como en América del Sur, entre ellos viejas herramientas en Texas y huesos de animales de treinta años de antigüedad en grutas mexicanas, sugieren de manera fuerte que los humanos llegaron mucho ya antes hasta allá.

Al frente de un equipo de estudiosos de múltiples instituciones, el geofísico Matthew Bennett, de la Universidad de Bournemouth en Pole, Inglaterra, usó múltiples métodos diferentes para calcular la edad de las huellas, incluída la datación por radiocarbono de plantas acuáticas engastadas en las propias pisadas.

«Una de las cosas más bellas de las huellas -asegura Bennett- es que, en contraste a las herramientas de piedra o bien los huesos, no se pueden desplazar cara arriba o bien cara abajo en la estratigrafía. Son fijas y muy precisas».

La relevancia del descubrimiento es tal que otros arqueólogos demandan nuevas pruebas que confirmen sin duda las datas halladas por Bennett y sus colegas. No en balde, si se confirman esos datos, sería preciso reescribir los libros de texto, y se confirmaría además de esto la excepcional capacidad de aquellos humanos para subsistir y mejorar a lo largo de una temporada de condiciones climáticas extremas.

Conforme el estudio, las huellas fueron dejadas durante 2 milenios, eminentemente por pequeños y adolescentes que merodeaban por el mosaico de vías fluviales que definían el área a lo largo de la Edad de Hielo. Las huellas, además de esto, fueron halladas al lado de otras de mastodontes, perezosos gigantes y demás megafauna que asistía a exactamente la misma zona en pos de agua.

Ahora, Bennett planea retornar a la zona para continuar estudiando esas reveladoras huellas humanas, con la esperanza de aprender algo más sobre las personas que las dejaron. «Las huellas -asevera el científico- tienen una forma de conectarte con el pasado que no se semeja a ninguna otra cosa. Es una sensación muy potente poner el dedo en la base de una pista y saber que alguien paseó por allá hace veintitres años».

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