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Gabriel Albiac, un hijo del sesenta y ocho pasa gaceta al último medio siglo

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Gabriel Albiac (Utiel, mil novecientos cincuenta) jamás se había planteado que del relato de su vida pudiese salir asimismo un compendio de lo ocurrido en el planeta desde mayo del sesenta y ocho, y eso que se ha pasado la vida escribiendo. Entre ensayos filosóficos, novelas y colecciones de artículos, ha publicado treinta obras, mas no fue hasta el estallido de la pandemia, tras quitarse un par de trabajos de en medio, cuando comenzó a meditar en contarse. Decidió hacerlo en unas memorias. «Es un género totalmente diferente a la autobiografía: quien las escribe sabe que no es nada, que sencillamente se le han ido cruzando cosas durante su vida». Fruto de este viaje retrospectivo es ‘En tierra de nadie’ (La Esfera de los Libros), que empieza con sus primeros días en la Universidad Complutense de la capital española, allí por mil novecientos sesenta y siete, cuando surgió en «otro planeta», y concluye en la noche de los Cavia de dos mil diecinueve , el premio que lo consagró, si es que ya antes no lo habían hecho el Ruano o el Nacional de Ensayo, como uno de los articulistas más respetados de la prensa de España. A esta altura, pasada la barrera de los setenta años, cuando toca hacer cómputo Albiac afirma que no es más que un señor «bajito» con una «respetable biblioteca», en la que se siente «particularmente a gusto». «Quien escribe unas memorias sabe que no es nada, que sencillamente se han ido cruzando cosas durante su vida» Hijo de un militar antifranquista que fue condenado a muerte en el treinta y nueve, cuando llegó a la universidad su única referencia ideológica era la oposición a la dictadura. «En aquel instante, en España no había más forma de antifranquismo cooperativo que las diferentes formas de organización comunista». Por su vinculación con una asociación estudiantil y por su participación en manifestaciones, el régimen lo fichó. «Cuando pasé por la Dirección General para intentar conseguir mi pasaporte y poder viajar a Francia para estudiar, exhibieron frente a mí una carpetita llena de documentos», recuerda. Transición Si logró que no le hiciesen la vida imposible fue por el hecho de que, como afirmó Foxá, «el franquismo fue una dictadura muy mitigada por la incompetencia». Merced a que un funcionario escribió mal su segundo apellido [puso López en lugar de Lópiz], logró el certificado de buena conducta y pudo viajar a Francia, donde el planeta terminaba de dar un vuelco. Mayo del sesenta y ocho. «Me cogió con dieciocho años. Soy hijo del sesenta y ocho. Ya estamos en fase de extinción, mas aquello nos cambió por completo. Ya antes del sesenta y ocho el planeta era triste, sórdido y limitado. Todo brincó por los aires. El planeta era tan viejo que ya no podía sostenerse en pie». Diez años después, la Transición de España. «Quienes ganaron la Guerra Civil en mil novecientos treinta y seis volvieron a ganar la Transición entre mil novecientos setenta y seis y mil novecientos setenta y ocho. Fijaron puesto que las reglas del juego», escribe Albiac en sus memorias, tajante. «Lo hicieron. Es un dato histórico –corrobora cuando se le cuestiona por esta afirmación–. La Transición la concibió el conjunto de Suárez , los jóvenes del Movimiento, y la UE protegió el proceso. Todas y cada una de las hipótesis con las que habíamos trabajado desde la oposición antifranquista se derrumbaron. El Partido Socialista no existió nunca a lo largo de la dictadura». ¿Y ese acuerdo mítico de la Transición? «Lo hubo, naturalmente. Mas los acuerdos se imponen; es lo que ha unido siempre y en toda circunstancia al monarca de derecho divino con sus súbditos». «Quienes ganaron la Guerra Civil en mil novecientos treinta y seis volvieron a ganar la Transición entre mil novecientos setenta y seis y mil novecientos setenta y ocho. Fijaron puesto que las reglas del juego» Republicano por convicción, la última década la ha pasado escribiendo columnas y crónicas para ABC, periódico que abandonó hace un par de meses. Cuando Guillermo Luca de Tena lo reclutó, en dos mil nueve, le afirmó que solamente contaba para ABC era su buena escritura. Ya antes, en mil novecientos ochenta y nueve, se había embarcado en la fundación de ‘El Mundo’, y más tarde cooperó con ‘La Razón’. «La vida periodística me ha dado mucho –señala–. La disciplina de la columna es un auténtico laboratorio de escritura. Y después está la responsabilidad de que eso que has escrito llegará al público». Tertulias Mas este planeta que Albiac ha vivido ya es otro. «Ahora hay un menosprecio absoluto por la lectura», asevera. «Mi planeta es el de la escritura». Y a eso se aferra, aun cuando son las tertulias las que marcan el paso de la opinión pública. «He estado en ciertas tertulias televisivas, mas jamás me he sentido cómodo. En la radio sí, es otra cosa. La radio es parte integrante de mi infancia; en la España de los años cincuenta estábamos todos pegados a la radio. Lo que recuerdo de aquella temporada son los libros y la radio. El televisión es una máquina espantosa. Los programas solo se guían por lo que da más audiencia». Y es así como se degradan las democracias liberales. «Los aguantes tradicionales de la democracia han desaparecido en buenísima parte». La pérdida de repercusión de los medios, el ocaso de los intelectuales… «Desde el once-S hemos tenido una guerra de religión y ahora es la amenaza de Putin , que no se detendrá en Ucrania si gana la guerra. Europa ha vivido en un cuento de hadas y ahora está en peligro». La historia no se detiene. «Yo solo hago un cómputo de las cosas que he visto. Soy un hombre viejo que se ha pasado la vida encerrado entre libros y que en el fondo únicamente ha amado a los libros».

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