Gloria y desgracia de una saga de vencedoresSociedad 

Gloria y desgracia de una saga de vencedores

A Blanca Nieves –que ese era su nombre completo– y sus hermanos les agradaba ir a tomar el piscolabis al bar Malevos, en el PaSeo del Pintor Rosales, en la capital española, muy cerca de su tienda de artículos de esquí. Por allá aparecían Luis, Lola, Juanma… y sobre todo Blanca, que siempre y en toda circunstancia solicitaba cerveza y tapa y acostumbraba a pegar la hebra con los camareros, si bien prácticamente jamás charlaba del deporte que le reportó fama, y menos de la medalla conseguida en los Juegos de Albertville. Lo transformó prácticamente en un tema tabú. Educada, se prestaba a hacerse fotografías con los paisanos que la reconocían, podía intervenir en discusiones futbolísticas de barra defendiendo a su R. Madrid o bien rememorar sus andaduras en distintos reality espectáculos, mas de conversas sobre batallitas pasadas, nada. Alternaba alegrías y melancolías. «Tenía una pedrada gorda», recuerda uno de los camareros para resumir sus cambios de humor. No obstante, un día, armada con su sempiterna y seductora sonrisa, le echó fichas mientras que le servía una caña.

–¿Sabes esquiar?

–No. Ni la más remota idea.

–Pues te enseño. Vamos a la sierra, te dejo el equipo.

–La verdad es que me aterra el frío. Jamás voy a la nieve. Si deseas subimos a la sierra, mas para dar una vuelta y comer…

–¡Vaya! ¡No me creo que haya alguien que rechace la convidación de una medallista olímpica para aprender a esquiar!

Por generación espontánea
«Golden Boy» y «Heroína de Albertville». De esta manera llamaban sus hermanos a Paco y Blanca Fernández Ochoa, los esquiadores que pusieron a España en el mapa de los deportes de invierno, (poco probables) vencedores por generación espontánea como lo fueron asimismo en sus respectivas disciplinas Manolo Santana, Severiano Ballesteros, Ángel Nieto y otras figuras nacionales de la era pre-Barna noventa y dos, antes que España empezara a tomarse aproximadamente de verdad la inversión en talento deportivo. La gloria y la desgracia de los dos semejan engrapadas de forma dramática: a Paco se lo llevó un cáncer linfático demasiado pronto; sin el éxito de su hermano mayor quizás habría seguido tomándose el esquí como un juego, sin obsesiones, sin precisar ir interna a un instituto de Viella a una edad temprana, de mantener la bandera del prestigio de la saga familiar, de contestar pódiums y titulares en los informativos. Blanca jamás olvidó –y de esta manera lo dejó claro en sus entrevistas de los últimos tiempos, estresada por inconvenientes personales y económicos (el cierre de esa tienda de material de esquí, por poner un ejemplo, pues la imagen de marca no fue suficiente para resistir la crisis)– la cara B de sus triunfos, aquella que no ven los apasionados y que debe ver con muy duros sacrificios. Un poso de amargura que jamás terminó de diluirse. Ella afirmaba con tono de despecho que lo que verdaderamente le agradaba era el golf. Su muerte a los pies de La Peñota, uno de los balcones berroqueños del val de la Fuenfría, a los cincuenta y seis años (misma edad que alcanzó su hermano), cierra de forma traidora el círculo.

Gente de la nieve
Nacidos en la villa de Madrid con 13 años de diferencia (mil novecientos cincuenta y mil novecientos sesenta y tres), hijos del baby bum, Paco y Blanca estaban destinados (realmente, lo estaban los 8 hermanos; otros 4 de ellos han sido asimismo olímpicos) a transformarse en «gente de la nieve», en tanto que la familia vivía en el Puerto de Navacerrada, donde el padre, Francisco, era el gerente de la Escuela De España de Esquí, y la madre, Dolores (vive, a sus noventa y tres años, con su hijo Juan Manuel en Los Molinos), la chef.

Eran unos tiempos en que la Sierra de Guadarrama parecía considerablemente más lejos de la villa de Madrid por el hecho de que costaba llegar con los míticos Seat seiscientos y ochocientos cincuenta –o en el histórico tren que todavía trepa entre laderas y pinares desde Cercedilla, con apeaderos como Camorritos, el día de hoy clausurado, que tenía carácter facultativo: el convoy se detenía a solicitud del interesado–, los parking no se llenaban los fines de semana, había domingueros –pero no hordas– y por las trochas transitaban tipos como Fernando González Bernáldez, vanguardista de la ecología en España; el geógrafo Eduardo Martínez de Pisón, que tanto hizo por que este rincón fuera declarado parque nacional, o bien el alpinista Carlos Soria, mucho ya antes de transformarse en el increíble abuelo de las nieves y coleccionar ochomiles. Un puerto, el de Navacerrada, lleno de vida en los años cincuenta y sesenta, con sus cobijes, ventas, clubes de montaña, tiendas de alquiler de esquíes… y algo decadente en esta temporada de invasión turística. Paradojas. Un sitio ideal para las correrías infantiles de los Fernández Ochoa, su particular Shangri-La «para hacer el salvaje» (sic).

Desde el comienzo, «Golden Boy» probó en aquel entorno serrano que podía llegar lejísimos en el esquí alpino. El año en que nació Blanca disputó su primera competición internacional en Andorra, consiguiendo el cuarto puesto y ganando en categoría juvenil. Dejó los estudios para centrarse en el deporte y, tras recobrarse de una grave caída en Cervinia (Italia), se proclamó en mil novecientos sesenta y seis vencedor de España de eslalon, gigante y combinada. El chaval volaba serpenteando en las pistas. Un par de años después, tuvo su debut olímpico en Grenoble, donde consiguió resultados prudentes mas adquirió la experiencia precisa para lo que vendría después. En una carrera de picos y vales debió superar otro incidente en mil novecientos setenta, en el gigante de Megeve, en los Alpes franceses, donde dio el enorme susto al perder el conocimiento a lo largo de múltiples minutos tras una ostentosa caída.

Tañeron las campañas
El trece de febrero de mil novecientos setenta y dos ganó el oro en el eslalon singular de los Olimpiadas de Invierno de Sapporo (el país nipón). Del otro lado del planeta, en Cercedilla, su pueblo de adopción, tañeron las campanas de la iglesia, y a una pequeña que aún no había cumplido los 9 años le afirmaron de madrugada que su hermano había hecho historia. Los viejos del sitio aún lo recuerdan. Un vencedor de esquí natural de un país sin tradición en la materia, sin apenas instalaciones ni medios para sembrar futuro, y que, al lado del futbol, soñaba (como mucho) con que Luis Ocaña doblase el pulso alguna vez a Eddy Merckx en el Tour de Francia.

Sapporo fue la cima de Paco Fernández Ochoa, que en mil novecientos setenta y cuatro capturó el bronce en el eslalon del Torneo del Planeta de Saint Moritz y logró en Zakopane (Polonia) su única victoria de la Copa del Planeta. En las pruebas nacionales no tenía contrincante. A inicios de la década de mil novecientos ochenta alternó la competición con cursillos en Francia y Suiza, representó a una marca deportiva y abrió tiendas del ramo en la capital de España. Siempre y en todo momento vinculado a su pasión por la nieve, tanto en el área institucional-organizativa (apoyando, por servirnos de un ejemplo, la candidatura de Sierra Nevada para el Torneo Mundial de Esquí Alpino que se festejó en mil novecientos noventa y seis) como divulgativa (ejercitando como especialista en TV), una de las grandes misiones en su vida, tras su retirada, fue respaldar a Blanca, intentar que el testigo no le supusiese una carga inaguantable. Del tremendo sofocón por el tropiezo de su hermana en Calgary mil novecientos ochenta y ocho, cuando rozaba el oro, Paco (que estaba allá comentando la jugada) y el resto de la familia pasaron a la alegría y el alivio en Albertville mil novecientos noventa y dos, con la medalla de bronce. Veinte años entre Sapporo y Albertville. Mas, después, otras vidas que vivir.

«Cómo explicar que me vuelvo vulgar al bajarme de cada escenario», afirma la letra de la canción «Ojos de gata», de Los Secretos. Vulgar tomado acá como corriente, como son las historias del común de los mortales, historias en todo caso nada simples de administrar. Blanca bajó del escenario, el bronce olímpico y los 4 triunfos en la Copa del Planeta quedaron para las hemerotecas y, distanciada de los focos (salvo por aquellas experiencias alimentarias de telerrealidad), comenzó una existencia «civil», se casó un par de veces, tuvo 2 hijos, padeció naufragios sentimentales y empresariales, se cayó y se volvió a levantar, y, sobre todo, fue golpeada por la desaparición de Paco en dos mil seis. Se apagó una de las luces que siempre y en todo momento veía al final de cada túnel que atravesaba. No es coincidencia que, conforme un testigo, visitara la escultura de su hermano en Cercedilla, brazos en alto cara el cielo de la sierra, y le lanzase un beso ya antes de iniciar la ascensión a La Peñota.

Siempre y en todo momento juntos: retrato de dicha de Paco al lado de Blanca«Estoy obligada por la medalla de Paco»
«Cuando bajas van pensando en los tramos bastante difíciles que vienen, por el hecho de que debes saberte el circuito de memoria, lo debes tener en la cabeza tal y como si fuera una película. Piensas en todo, en ganar, en que te caerás, en perder…». Una Blanca adolescente hacía estas declaraciones al suplemento dominical de ABC en mil novecientos ochenta, donde ya adelantaba su destino: «Me puse los esquíes ya antes de cumplir los 8 años, mas no pienses que entonces me agradaba mucho esquiar (…). Si no hubiese nacido acá seguro que no estaría esquiando. El entorno hace mucho. Asimismo ha influido la medalla de Paco. Me siento obligada por esa medalla, todo el planeta me dice: ‘‘a ver si logras una medalla como tu hermano, ¿eh?, a ver qué harás en la próxima Olimpiada (…). Creo que tengo posibilidades».

ARTICULOS RELACIONADOS

Leave a Comment