EducaciónIdles, los buenos salvajes

Idles, los buenos salvajes

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Valoración Crítica5

Idles

Sala Razzmatazz. Barna. nueve de marzo

Mientras que, como rezan las crónicas, C Tángana anda revolucionando la música en riguroso directo desde las alturas de arenas y pabellones, a ras de suelo, donde el coronavirus y las limitaciones se han cebado en especial, se vive una revuelta más modesta mas, en cierta manera, considerablemente más determinante: la del concierto de siempre. Con su sudor, su afonía y sus pistas a reventar. Con la cerveza volando por los aires y la electricidad brincando desde el escenario para mordisquear pantorrillas y posaderas. Si, ya saben: ese «free your mind and your ass will follow» que con tanto denuedo predicó George Clinton. Gloriosa involución para abrazar una normalidad que, ahora lo sabemos, jamás volverá mas que se semeja bastante a lo que se vivió el miércoles en Razzmatazz. A saber: un alegre y exuberante ‘sold out’ para dejarse arrollar por la apisonadora de Idles,
puro nervio punk con triple refuerzo metálico, acabados hardcore y estribillos abrasivos.

Para muchos era el primer concierto (concierto de veras, se entiende; no esos simulacros con sillas, mesas y distancia profiláctica) en meses. Años, aun. Había quien, por servirnos de un ejemplo, no pisaba la sala barcelonesa desde el instante en que debió ir ahí a hacerse el test de antígenos preciso para acceder al concierto-experimento de Love Of Lesbian en el Palau Sant Jordi en el mes de marzo de dos mil veintiuno. Otros contaban los días (setecientos sesenta y cuatro, calculaba un amigo) que hacía que no vivían algo similar, abstinencia a la nipona que, en vista de esto, no podía terminar de mejor forma que con los de Bristol dándose un atracón de intensidad y también ímpetu eléctrico. Una celebración del rock más crudo y visceral, puro dos mil diecinueve en su versión más inconsciente, cebándose con unas cervicales desentrenadas y unas lumbares (todavía más) avejentadas.Alguien definió un concierto de Idles como lo más similar a derretir un abrazo y un puñetazo: un coctel de ternura y brutalismo que en Barna se hizo sudor y carne, amasijo de cuerpos enmarañados en una pista a rebosar.

Un día, en algún sitio, alguien definió un concierto de Idles como lo más similar a derretir un abrazo y un puñetazo: un coctel de ternura y brutalismo que en Barna se hizo sudor y carne, amasijo de cuerpos enmarañados en una pista a rebosar. Una terapia de conjunto que arrancó con la gigante ‘Colossus’, bloque de grano tallado a manotazos, y avanzó a lo largo de hora y media sin tregua ni respiro. Solo guitarras ásperas, ritmos monolíticos de corte marcial y la metralla vocal de un Joe Talbot que ha logrado mover el foco lírico cara temas como la salud mental, las adicciones, la masculinidad tóxica y el duelo. Artillería pesada para una noche marcada por el estreno de ‘Crawler’, su cuarto álbum, y por el poco a poco más refinado manejo técnico del atropello punk.

Incontenibles sonaron ‘Mr. Motivator’, ‘Mother’, ‘The New Sensation’ y la muy oportuna ‘War’, con Talbot tomando impulso para terminar llegando a ese «we’re all going straight to hell» agobiado, y agobiante fue la atmosfera de ‘Car Crash’ ‘y The Beachland Ballroom’, latigazos recientes con los que dan brida suelta a su cara más obscura. Tamaño aquelarre de electricidad y furia precisaba un cierre a la altura, y nada mejor que el rapto coral de ‘Danny Nedelko’, excelente sacudida y abrazo pluricultural que dedican al vocalista de Heavy Lungs, inmigrante ucraniano y amigo íntimo de la banda. Bastante difícil olvidar ese estribillo que Talbot ni tan siquiera debió cantar, ya lo hacía el público por él, y esa sensación de que, ahora sí, la salas quizás ya hayan comenzado a recobrar el tiempo perdido.

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