Juan Matute: Un vuelo meteórico sobre 4 patasSociedad 

Juan Matute: Un vuelo meteórico sobre 4 patas

El vínculo entre hombre y bestia empezó en el Viejo Continente, cuando el caballo era leal aliado de conquistadores y campesinos. Mas bien entrado el siglo veinte, las máquinas de vapor postergaron a este muy elegante animal a un segundo plano, sobre todo, a las carreras. Los europeos diseñaron entonces el deporte hípico y, entre otras muchas disciplinas, la domestica tradicional.

Considerada la hermana menor de la hípica -el salto de obstáculos es la disciplina más famosa-, la domestica tradicional es un refulgente ejercicio de compenetración con el caballo. Las pruebas de competición apenas duran 5 minutos, en las que el silencio es absoluto y el caballo semeja que levita sobre la arena, al paso, al trote y al galope. «Se trata de localizar la máxima armonía, elasticidad y expresividad en los movimientos del caballo», explica Juan Matute Guimón, caballista profesional de domestica tradicional, que compitió, hace unas semanas, en la Copa del Planeta que se festejó en Ifema, en la
la capital de España Horse Week
.

Todos y cada uno de los ejercicios parten de los ademanes del caballo en libertad, que el caballista o bien amazona lleva a la perfección: las zapatetas al galope, los cascos que se extienden al son de la música y los complejos «piaffe» o bien «passage». Espalda erguida, mano firme en las bridas y pantorrillas abrazadas a los costados; con indicaciones apenas perceptibles, y bajo la atenta mirada de los jueces, el caballista guía al caballo a su merced. «Todo debe parecer muy simple, muy fluido, natural, y ahí está la dificultad», cuenta Matute, que llegó a la Feria de la capital de España tras erigirse vencedor en la enorme prueba del Sicab (Salón Internacional del Caballo de Pura Raza De España). A sus veintiuno años de edad, ya se sienta a la mesa con los grandes de esta disciplina, la mayor parte, establecidos en el norte de Europa.

Naturalmente, no es pura técnica. «Lo más singular de nuestro deporte es el vínculo que se crea con los caballos», asegura Matute, que define el fin último de la domestica tradicional como la «simbiosis absoluta». Para esto, hay que comprender el carácter del animal, explica su padre y adiestrador, Juan Matute Azpitarte: «Puedes ver en la mirada esa personalidad». En verdad, los caballos «tienen autoestima: si no les recompensas, se frustran; si lo haces, se crecen», cuenta Matute Azpitarte, 3 veces olímpico. Hace ya tiempo que abandonó la alta competición y ha sido testigo de la evolución de este deporte. Ahora, «el físico de los caballos roza la perfección», afirma.

El negocio de los caballos
La domestica tradicional profesional está reservada a los que pueden aceptar sus gastos, que los premios no cubren ni de broma. Por eso el negocio esté en la compra y venta de caballos. El trabajo de los Matute es localizar ejemplares con potencial para transformarse en vencedores, invertir años en desarrollar su musculatura y su madurez, y venderlos después. Un proceso que a Azpitarte le agrada llamar «la historia del pato feo».

Como una obra de arte, un caballo vale lo que el comprador esté presto a abonar. Si bien existen cifras millonarias, asimismo hay animales considerablemente más accesibles. Es el caso de Fabuloso, el caballo que adquirieron con un par de años por unos pocos miles y miles de euros. Aguardaron un par más para desbravarlo: ponerle la silla y subirse al espinazo. Ahora tiene 6 años y su nombre lo afirma todo. Con todo, hasta el momento en que cumpla 8 no va a estar dispuesto para el máximo nivel.

«Los jinetes de competición precisamos tener un abanico de caballos, de 5 a ocho», explica Matute. Quántico, que adquirieron por doce euros, y Don Diego, los dos caballos adultos -las potrancas habitúan a tener un carácter más cambiante- son sus compañeros para las pruebas más exigentes. Con Don Diego, un poderoso hannoveriano de pelaje castaño obscuro, Matute comenzó en la categoría absoluta, con apenas dieciseis años, la edad mínima demandada para competir. Un quinquenio después, ha cabalgado con exactamente el mismo caballo bajo los focos de Ifema, en una las citas mundiales donde ganar puntos para Tokyo dos mil veinte. Si bien no subió al pódium la semana pasada, aún le quedan múltiples ocasiones esta temporada para lograr lo que en su día consiguió su padre.

Con rumbo a Tokyo dos mil veinte
El despegue meteórico que ha tenido este joven es poco corriente, puesto que ya ha formado una parte del equipo de España en el último torneo mundial, donde sus contendientes le superaban, de media, con una década de experiencia. Pues la carrera deportiva a lomos de un caballo es longeva; «incluso con sesenta años puedes estar en forma», asegura Matute.

Claudio Castilla Ruiz, que se encaró a Matute en la la villa de Madrid Horse Week, donde ganó la plata, tiene treinta y seis años. Y de esta manera otros tantos, como José Antonio García Mena (treinta y nueve) y Severo Jurado López (treinta y uno), los nombres con más papeletas para representar a España en las Juegos Olímpicos, al lado de Beatriz Ferrer Salat, la amazona de España más galardonada, de cincuenta y tres años. «No existe ninguna diferencia entre la prueba ejecutada por un hombre y la prueba ejecutada por una mujer», confirma Matute, puesto que la equitación es el único deporte en el que los dos sexos compiten juntos.

Claro que los patrocinios son bastante difíciles de lograr en domestica tradicional, una especie de patinaje sobre hielo o bien gimnasia rítmica que, «si no lo comprendes, no transmite exactamente el mismo género de adicción que pueden provocar otros deportes», declara el caballista. De ahí que, Matute está seguro de que, aparte de aportar resultados, ha de ser «embajador» de su pasión. «Como no logremos dar ese salto a nivel mediático es muy posible que, en las próximas olimpiadas, desaparezca el deporte. Y eso sería un fracaso». La cobertura es la pieza que falta a fin de que los caballos prosigan bailando.

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