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La celebración en Revolución

Mucho antes que la política se transformara en mero espectáculo, la política trató de transformar al espectáculo en algo útil y pedagógico. «La Celebración revolucionaria mil setecientos ochenta y nueve-1799» de Mona Ozouf nos acerca a un tiempo, laboratorio de la modernidad, en el que todo estaba por delimitar, todo era dudoso y por lo tanto posible, y lo hace mediante una de sus manifestaciones más originales y perdurables, la celebración. Así como la escuela –otro objeto de estudio predilecto de esta historiadora francesa–, las celebraciones públicas se transformaron en un instrumento de pedagogía política. No obstante, la grandiosidad de la obra de Mona Ozouf no radica solo en descubrir un campo de estudio tan fértil como el de las celebraciones políticas sino más bien asimismo en comprobar las paradojas de la experiencia de la revolución francesa y el nacimiento de la política parlamentaria en el siglo XIX.

La celebración aparece como ejemplo más de la voluntad de los revolucionarios de hacer tabula rasa. Es el inicio de un nuevo tiempo en el que no caben los festejos del Viejo Régimen percibidos como violentos, decadentes, artificiales y jerárquicos, exhibición recia de un orden social que había que quitar. Tampoco cabía la celebración popular en su espontaneidad en tanto que les parecía extraña cuanto no bárbara y brutal. No obstante, tras depurar y eliminar aquellos elementos que simbolizaban el viejo orden, quedaba el horror vacui, el reto de sustituir lo derruido.

Con esto, la autora nos acerca a una de las primeras paradojas de este proceso y es que sustituir implica imitar o bien copiar ya fuera al planeta viejo –Grecia y Roma– o bien a la religión católica. Desde mediados del siglo XVIII, tras el descubrimiento de Pompeya y Herculano, la sociedad europea había quedado maravillada por la historia vieja. Con la Revolución francesa este pasado sería reinventado como el de una idealizada república, desprovista de cualquier forma de despotismo. En la ciudad de Roma hallaron la inspiración para uno de los rituales que marcó la política decimonónica, el juramento, como compromiso civil que llega hasta la muerte. Además de esto, los revolucionarios elevaron altares a la patria, recitaron oraciones patrióticas, prosiguieron una ceremonia y emplearon un léxico religioso. La presencia de estos elementos nos interroga sobre la naturaleza de la celebración, ¿nos hallamos frente al testimonio de una religión revolucionaria? Para Mona Ozouf, a estos cultos les falta algo esencial: su capacidad protectora y, por esta razón, prefiere charlar de una trasferencia de sacralidad cara nuevos valores políticos y sociales. Este es quizá uno de los grandes logros de la Revolución francesa puesto que desde aquel instante nociones abstractas como los derechos del humano o bien la patria fueron vistos como elementos sagrados.

Otra paradoja que destaca atinadamente Mona Ozouf es que la celebración revolucionaria no lo es tanto, en el sentido de que no busca trastornar, sino más bien instaurar y preservar. Como señalara un político del Directorio convocado por Ozouf «hemos necesitado ser revolucionarios para fundar la Revolución, mas, si deseamos conservarla, debemos dejar de serlo». La celebración expresa una tensión utópica que adquiere tintes trágicos puesto que representa una unidad que jamás existió y que se fundamenta en la supresión física o bien simbólica de sus contrincantes. Las autoridades desconfían y observan al pueblo. El comisario, como el inquisidor fabulosamente descrito por Carlo Ginzburg, actúa como un antropólogo que trataría de comprender las formas populares de hacer política.

Para abordar dichas cuestiones, Mona Ozouf supera el marco de la Gran Revolución (mil setecientos ochenta y nueve-mil setecientos noventa y tres) y del Terror para adentrarse asimismo en un periodo definitivo y con cierta frecuencia minusvalorado por la historiografía francesa como el Directorio (mil setecientos noventa y cinco-mil setecientos noventa y nueve). Con esto, nos enseña una celebración que muta y se amolda a los distintos sentidos que adquiere la comunidad política en esta década, desde la celebración híbrida de la Iglesia constitucional hasta la descristianización, pasando por cultos como la teofilantropía que proponían el retorno a la pureza primitiva del cristianismo.

Por todo ello, resulta en muchos sentidos sorprendente que esta obra haya continuado más de cuarenta años sin traducir al castellano. Tal vez haya sido víctima del violento anatema que un campo de la historiografía de España encabezado por Josep Fontana lanzó contra la revisión crítica que autores como François Furet, Keith Michael Baker o bien la propia Ozouf hiciesen sobre la Revolución francesa. Fuere como fuere, esta obra vanguardista para el estudio de la celebración y la historia cultural de la política no ha perdido ni un ápice de la originalidad y capacidad para interpelarnos sobre los fundamentos del orden político y las paradojas del régimen utópico. Si estas no fuesen razones suficientes para regresar sobre esta obra, la inusual prosa de Mona Ozouf aparece como un razonamiento incontrovertible, un motivo que ha sido bellamente preservado en la engrandece traducción de Scheherezade Pinilla que acompañada por una cuidada edición que incluye más de cuarenta láminas nos ubica prácticamente como espectadores de aquella celebración revolucionaria.

Ficha del libro

Título: La celebración revolucionaria. mil setecientos ochenta y nueve-mil setecientos noventa y nueve

Autora: Mona Ozouf

Editorial: Prensas de la Universidad de Zaragoza dos mil veinte

Libre en Prensas de la Universidad de Zaragoza

Libre en Unebook

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