CulturaLa salvaje ambición de Roca Rey asuela en Valencia

La salvaje ambición de Roca Rey asuela en Valencia

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Quinientos quilómetros atrás quedaban Pamplona y sus peñas, el espíritu de una celebración que asienta sus raíces en el pueblo, dueño de toda cultura. Ni un dedo puede tapar el sol ni una T.V. pública ocultar uno de los latidos artísticos más fuertes de España. A las once y cincuenta y nueve de la noche del catorce de julio, la capital navarra era una marea humana de estruendoso blanco y rojo; minutos después, una urbe en silencio, prácticamente espectro en la madrugada. La celebración proseguía en otra tierra, de otra manera, mas con un vínculo de unión: el toro. Claro que los llenos pamplonicas, toree quien toree, no hay escenario que los iguale. Valencia lo corroboró el día de ayer, pese a registrar la más voluminosa entrada con el ídolo taquillero del Arga y el Turia: Andrés Roca Rey. Si en San Fermín fue el capitán general, su mando en plaza prosiguió en el chintófano de la calle de Játiva. Salvaje su toreo en frente de Jungla. Con el cuchillo entre los dientes, tan cerca se lo pasó en el saludo que el tabaco de su taleguilla y el pelaje castaño se fundían en uno solo. Todo se veía cobrizo, que afirmaría algún comentarista tuitero. Más aún crujió la naya en el quite. La tierra prometida del Perú se aproximaba. Tras el enorme tercio en banderillas, El Soro interpretó un solo de trompeta. Para el profesor fue el brindis. Hasta el platillo se dirigió el limeño: las dos rodillas en tierra eran el prólogo de la explosión. Cortaba la respiración aquel dúo de péndulos. Bramaba Valencia, repetía dispar este número noventa y toreaba Roca. Desafiante siempre y en toda circunstancia, con aplomo y mano baja. El valor silvestre y sin ley escalaba en el tendido del temor. Todos se rendían frente a la máxima autoridad, que ni se alteró en los parones. Las luquecinas finales, en el terreno de un chotis, pusieron al público en pie. Cientos y cientos de brazos se levantaron al cielo cuando sepultó un sablazo hasta los gavilanes. La pañolada clamaba por las dos orejas. Suyas fueron, mas incomprensiblemente el presidente asomó un tercer moquero azul. De chiste. Vuelta al ruedo para un animal cuyos defectos tapó Andrés y que con unas palmas hubiera ido bien servido. MÁS INFORMACIÓN nueva Si El VAR del tendido: la chavala ‘ye-ye’ se corta la coleta Asimismo hizo al obediente sexto mejor de lo que era. Asentadísimo, lo cuajó de principio a fin en otra exhibición de solidez. Tremenda la lección primera para ser un número uno: una ambición mayúscula. Otras dos orejas le solicitaron de modo apabullante, mas el palco, que se calentó con los pañuelos azules, se guardó ahora el segundo blanco. Arreciaron los pitos en el primero. No tenía ganas de baile alguno este Bolero, con quinientos ochenta y seis kilogramos a cuestas, dieciséis sobre el más pesador de Victoriano del Río en los sanfermines. El peso, por encima; los pitones, por debajo. Remiso a embestir y menos claro que algún miembro del Congreso de los Diputados en el Congreso, Morante dejó el aroma de la torería en un puñado de muletazos, sin darse coba. Un arreón final le hizo correr delante de aquel burro con bautismo de música cubana. Tras la merienda, el de La Puebla del Río ofreció un postre de naturales al ralentí, con unos ayudados gallistas que encantaron a la afición. Demasiado poco afirmó Jabardillo: todo lo ponía el hispalense, con el pecho dado y el trazo matador. Arroparon sus paisanos a Román. Vibraban en el lucido saludo a la verónica del valenciano, con el muslo vendado y cierta cojera tras jugársela sin trampa ni cartón en su turno de quites. Se sucedían los «biennn», si bien poco duró la alegría: al cuarto lance cantó la gallina. Barbeaba las tablas sin disimulo Cóndor, al que pegaron entre doscientos y trescientos capotazos. Un quinario pasó la cuadrilla para poner los palos: con 3 se cambió el tercio. Aquella rajada condición poco le importó a Collado, bravo delante del manso. Tragó y se lo reconocieron. A Román le jalearon cada derechazo, cada zurdazo, cada redondo invertido y esos pases de pecho en los que Cóndor se revolvía. Todo lo ganado lo perdió con la espada. Una lástima. La historia de un guiño a los pinchaúvas se repitió en el quinto, con la diferencia de que este toro despilfarró la excelencia de su clase. Se le arrancó a Román cuando iba a brindar y debió improvisar una sonada tanda. Decidido, deseó lucirlo en la distancia y lo oxigenó con inteligencia para repartir su excepcional condición. A Manisero le rebosaba la calidad, con fijeza y nobleza, humillador y a más. Por los dos pitones embistió. Qué ritmo el del familiar de la familia de los cacahuetes. «¡Enhorabuena, ganadero!», chillaron en el tendido. «Si lo cogen Morante o Roca…», afirmaron. Mas le tocó a Román, centrado y con buenas sensaciones, mas sin la rotundidad deseada con uno de los trenes de su vida. Aplaudía el valenciano a Manisero, que se fue con las dos orejas en su ganada vuelta al ruedo en el arrastre. Ay, si le toca a Morante. O a Roca, dueño y señor del cartel estrella. A hombros se lo llevaron tras la insensatez colectiva con su salvaje estimar y apreciar.

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