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La tauromaquia pierde a Andrés Vázquez, la bandera del toreo tradicional

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Al terminar San Isidro, me llamaron desde Villalpando para anunciarme que preparaban un libro de homenaje al profesor Andrés Vázquez, su paisano: ya estaba ingresado, no pudo asistir esta vez, como siempre y en todo momento hacía, a la entrega del Premio Taurino de ABC. Ha fallecido el diecisiete de junio en el Centro de salud Comarcal de Benavente, a los ochenta y nueve años.

Había aprendido el duro oficio del toreo en las capeas castellanas con el apodo «El Nono». Lo cuenta mismo en el tercer episodio, ‘La capea’, de la bella película ‘Yo he visto la muerte’ (mil novecientos sesenta y cinco), el docudrama –diríamos hoy– dirigido por José María Forqué. Evoca en él Andrés un planeta que había vivido, con un testimonio dramático: en un pueblo, muere un torerillo, compañero suyo. Años después, ya en Las Ventas, el matador Andrés Vázquez brinda al cielo, en recuerdo del que fue su compañero de capeas.«Hubiera preferido que me matase un toro, en el ruedo, a ser testigo de de qué manera muere la tauromaquia»

No le fue nada simple triunfar en los ruedos. Como tantos otros, se dio a conocer a la afición madrileña en Vista Alegre. Triunfó como novillero en la época de mil novecientos sesenta y uno y tomó la opción alternativa al año siguiente, en plena Feria de San Isidro, con toros de Benítez Cubero, Gregorio Sánchez como padrino y Mondeño, de testigo: esa tarde, abrió por vez primera la Puerta Grande como torero de toros. De mil novecientos sesenta y dos a mil novecientos setenta y siete, fueron nada menos que diez las veces que salió a hombros, en la capital española.

Encarnaba Andrés Vázquez un estilo de torear castellano, de sobria técnica, sin ornamentos gratis. (En el fondo, la sombra del gran Domingo Ortega). Con el tiempo, fue adquiriendo una mayor solera tradicional, con medias belmontinas, hondos naturales, molinetes y algún ornamento tan añoso como ver caer al toro, sentado en el estribo.

En los años sesenta y setenta, toreó en todas y cada una de las Ferias, alternando con figuras de la talla de Antonio Ordóñez, Diego Puerta, Paco Camino, El Viti… Mas su carrera estuvo unida a la Plaza de Las Ventas. Para la afición madrileña, significó una bandera del clasicismo, al lado de Antonio Bienvenida y a los toros de Victorino Martín, con los que triunfó repetidamente. Queda para la historia su faena a Baratero, al que cortó las orejas. Fue el primer torero que se atrevió a encerrarse, en la capital española, con 6 toros de Victorino.

Las cornadas
Las cornadas le forzaron a retirarse. Fue maestro en la Escuela de Tauromaquia de la villa de Madrid y comentarista, en Telemadrid, al lado de Miguel Ángel Moncholi. Toreó públicamente por última vez el veinticinco de julio de dos mil doce, al cumplir los ochenta años, en un festival, en su honor, en la Plaza de Zamora. Esa tarde, lidió una res de Victorino Martín. Me contaba que lo mató clavando la espada en dos tiempos, sin aliviarse, para horror de El Viti, su querido amigo… En el dos mil veintiuno, la Junta de Castilla y León le concedió su Premio de Tauromaquia.

En ‘La suerte o la muerte’, Gerardo Diego le dedica un poema, ‘Querella contra Andrés Vázquez’, que reúne el cariño con la gracieta, comparándolo con los héroes del Romancero: «Un matador de Zamora, / y, ¿qué afirmará doña Urraca? / Si los ojos no le saca, / va a ser que de él se enamora». Le llama «torero meseguero», que ha recogido las mieses del campo castellano, y concluye como comenzó, mas dividiendo el verso en dos: «Un matador / de Zamora».

La casta y la fortuna de encallas
Retirado en su tierra, proseguía defendiendo que el toro encastado es la base de la Celebración. Proclamaba la necesidad de la fortuna de varas: un Victorino que lidió recibió 9 encallas. Se sentía matador dentro y fuera de los ruedos: «La torería y el honor es lo último que debe perder un torero de toros».

Se indignaba Andrés Vázquez contra los ataques políticos a la Tauromaquia: «Están empeñados en que hay que terminar con el toreo, en que no vale. ¿Por qué? La gente prosigue deseando ver toros… Mi tiempo ya ha pasado, si bien en ocasiones ves cosas que te hierve la sangre. Por eso volví a torear, a fin de que la gente viese la verdad de este mundo». Y concluía, con definitiva sencillez: «Hubiera preferido que me matase un toro, en el ruedo, a ser testigo de de qué manera muere la tauromaquia». Dichosamente, no ha llegado a ver ese dislate sino más bien una Celebración vivísima. Lo recuerdo como un matador tradicional y un hombre racional, robusto, castellano: un profesor de Zamora.

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