La unificación de la fiscalidad europea en la encrucijadaEconomía 

La unificación de la fiscalidad europea en la encrucijada

El panorama político-mediático europeo semeja interesadísimo y preocupado por la supuestamente escasa tributación de las multinacionales, y particularmente de las conocidas tecnológicas. Basta mencionar la bicha de las multinacionales tecnológicas, a fin de que las miradas sospechosas -o bien envidiosas- se dirijan cara Irlanda o bien Luxemburgo. No son los únicos, mas sirven para estimar que los países cuyas lícitas reglas tributarias dejan este efecto indeseado -por otros-, son asimismo países miembros de la UE.

La fiscalidad internacional ha alterado mucho, ya no hay que buscar la causa de nuestros males en islas tropicales. La condición de posibilidad de la planificación y optimización fiscal que se critica -por la parte de políticos y medios- es, verdaderamente, la competencia fiscal entre los propios estados. Y es consecuencia del libre ejercicio de su soberanía. Y si el inconveniente es que existen importantes diferencias entre impuestos -sobre todo en los modelos de impuesto-, la solución teorética es tan fácil como aunarlos.

Mas a absolutamente nadie se le escapa que la configuración del sistema fiscal -como herramienta para la colecta- es la arteria aorta de la política económica, instrumento básico de la soberanía interna de cada Estado.

Por eso en la Unión Europea -asimismo- la fiscalidad ha llegado a «la gran encrucijada». Una cosa es configurar un mercado integrado, y otra muy diferente trascender de ello a la unificación política. Las renuncias de la soberanía de los Estados miembros son ya apreciables en ciertos aspectos, mas acá se entra en el corazón.

En la fase de integrar el mercado interior, la Unión Europea incorporó exitosamente medidas tributarias convenientes (aduanas, Impuesto sobre el Valor Añadido, neutralidad de las reestructuraciones y exenciones de dividendos…). Y la jurisprudencia del TJUE prosigue removiendo obstáculos tributarios a la libre circulación de personas, capitales, recursos y servicios (por servirnos de un ejemplo, en el Impuesto sobre Sucesiones de España). En cambio, igualar el Impuesto sobre Sociedades supone un salto cualitativo. De lo técnico y también instrumental -comercio y libertades individuales, económicas y de establecimiento-, a un nivel político esencial.

Hay un proyecto de una Base Imponible Común, mas excluye la homogeneización de tipos. Y aparte de su demora, en el devenir se ha dejado la aspiración de determinar bases afianzadas comunes para los conjuntos europeos. Pues repartir las bases gravables de las multinacionales entre los países, como determinar el porcentaje a abonar a cada uno de ellos, ya afectan de manera plena a la «identidad fiscal» que cada político desee para su dominio.

Los fundamentos tradicionales de la tributación han sido diluidos en espurios fines políticos. Y los principios de justicia y neutralidad asolados por la coherente demanda de eficiencia y suficiencia recaudatorias. La aspiración -cuando menos de ciertos países, singularmente europeos y acentuada por la crisis- es aumentar al máximo y asegurar «su pedazo del pastel». Al tiempo que otros países -ciertos asimismo europeos- usan su soberanía en el lícito sentido contrario de bajar impuestos para atraer inversión. El bloqueo está servido.

Volviendo a las llamadas empresas tecnológicas, la evolución -desviada- de los conceptos tributarios tradicionales ha probado su total inutilidad. En vez de reconsiderarse desde sus fundamentos, o se procura que la realidad se acomode a ellos, o se distorsionan hasta ser irreconocibles. Entonces llegan las «soluciones creativas» -para crear impuestos sí son muy creativos-, como la llamada «tasa Google» que trata de apresar colecta aparentemente perdida por un impuesto sobre las ventajas, gravando ingresos -es decir, acrecentando costos de ventas, esto es, cargándolo al consumidor-. Sin aguardar siquiera el acuerdo de los organismos internacionales.

Colectar a cualquier costa, y no ceder ni un ápice el poder que deje aumentar al máximo esa colecta, es la consigna de múltiples países europeos, España entre ellos. Mientras que, Irlanda se ha preocupado por medrar, entre otras muchas cosas rebajando la tributación, y ha logrado más que duplicar el Producto Interior Bruto por cabeza de España, con lo que no extraña que se resistan a que les impongan otras reglas fiscales. El inconveniente no es técnico, sino más bien político.

Javier Sáenz de Olazagoitia Díaz de Cerio es maestro de la Universidad de Navarra y letrado

ARTICULOS RELACIONADOS

Leave a Comment