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Las fobias de Lorca, las orgías de Dalí y los enanos de Velázquez: la España eterna y más excéntrica

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El cronista romano Marco Cicala, que hoy en día radica en la villa de Madrid, ha transformado su hispanofilia en una muy entretenida y también instructiva celebración de este país por medio de su nuevo libro «Eterna España» (ed. Harpa), un documentdo álbum de cromos de paisajes y personajes ilustres patrios con los que surfear y aprender entre los siglos de nuestra singular historia. Con un anecdotario de excentricidades hilarante, además de esto.

El que asimismo es el editor italiano de las obras de Manuel Chaves Nogales pone su intranquiliza lupa, por servirnos de un ejemplo, en los enanos de las obras de Velázquez, por medio de los que nos cuenta que cuando el pintor barroco recaló en el palacio de Felipe IV, en mil seiscientos veinte, los bufones a salario de la Corona, llamados «hombres de placer» o bien «sabandijas palaciegas», superaban aun el centenar, siendo aquel la capital española el genuino Wall Street europeo en lo referente al tráfico de enanos. Y nos informa Cicala: «No vaciléis en tirar a la basura el clisé romántico del bufón melancólico y soñador con una lagrimita incorporada a lo Pierrot. Pues nos han llegado noticias de enanos intrigantes, maquinadores, poderosos, playboys, temibles jugadores o bien militares». Como apunte histórico, comentar que los enanos por aquel entonces eran usados asimismo como juguetes eróticos en tanto que se les atribuía fama de «criaturas lujuriosas». Además de esto, como «tanto el sexo como la edad parecían insostenibles, esto acrecentaba su equívoco atractivo».

En este «España eterna», como es natural aparece Miguel de Cervantes y su Don Quijote, hablando Cicala con la arqueóloga Isabel Sánchez Duque y el especialista en ficheros Francisco Javier Escudero que mantienen «una tesis rompedora» y es que esta historia no es inventada sino tiene base real. Es decir, que aquello en lo que se inspiró el escritor para crear al Caballero de la triste figura «no fueron, o bien no solo, las lecturas, sino más bien asimismo la crónica trivial, los acontencimientos y los incidentes ocurridos en la Mácula del s. XVI». En concreto, apuntan a que el modelo del personaje fue el «ruin Francisco de Acuña». Por otra parte, el cronista italiano asimismo charla con el académico y especialista cervantista Francisco Rico, que, frente a la observación frecuente esnoboba de que El Quijote es más convocado que leído, responde: «Como si eso fuera un punto débil».

Obligatoria por acá la presencia de Quevedo, que cuando retornaba a casa tras sus rutinarias fiestas nocturnas en los burdeles y tascas agradaba de hacer pis contra exactamente el mismo edificio en la calle del Cobo, en el viejo la capital española. Un día, quien vivía allá, le puso una cruz para disuadirle. No hubo efecto. Al día después, le escribió: «No se orina donde hay cruces». No hubo efecto, e inclusive Quevedó le replicó: «No se ponen cruces donde se mea». Esta anécdota, tal vez apócrifa, la emplea Cicala para introducirnos a Francisco de Quevedo y Villegas, que se autodefinió así: «Hombre de bien, nacido para el mal (…); joven dado al planeta, prestado al diablo». Lo hubiese firmado Yung Beef. «Poeta pedido, satírico de infecciosa mordacidad, novelista soñador, espía, espadachín… Se ha definido a Quevedo como «una perrera de ánimas»». Quevedo, procedente de buena cuna, estudió en los jesuitas y después en la Universidad de Alcalá, y dominaba el hebreo, italiano, francés y portugués, como el heleno y latín, «lenguas que si no estuviesen fallecidas habría que matarlas», comentó con dulzura. La realidad es que el escritor era miope, cojo, de piernas torcidas y pies irregulares, y Cicala lo define como un «nerd del siglo XVII». Y recuerda su enfrentamiento con Góngora. Primero Quevedo le lanzó líricas pullas tratándole de «sacerdote afeminado, ludópata e inclusive filojudío». Este se las devolvió disminuyéndole a «escritor lisiado y dado al vino». Por último, Quevedo supo que Góngora estaba ahogado por las deudas de juego y también hizo que le desahuciasen para irse a vivir a su casa, «no sin ya antes «desgongorizarla» y desinficionarla a la perfección».

Asimismo hay un capítulo para Teresa de Ávila (que de Sevilla dice: «He oído siempre y en todo momento decir que los diablos tienen más mano allá para tentar»), otro capítulo es para el pintor Francisco de Zurbarán («el Caravaggio español», si bien apunta que esta definición tal vez es demasiado espléndida) a través del que Cicala nos cuenta que en la España del siglo de Oro había nuve mil conventos masculinos y femeninos, y «el clero alcanzaba los doscientos mil miembros de una poblacion de 8 millones. Y los autos de fe atraían a multitudes propias de un enorme concierto, y una celebración eucarística podía perdurar veinticuatro horas», en una temporada anterior al Concilio de Trento, en la que cuenta había religiosos «que vivían en concubinato y con hijos que blasfemaban en las tabernas; sacerdotes que iban armados o bien controlaban garitos de juego y reverendos estrella que organizaban misas bufas con mujeres devotas bailando en la iglesia medio desnudas. Todo ello en exactamente la misma temporada de las herméticas bellezas de Zurbarán».

Hay episodios de Calderón de la Barca, la Armada Insuperable (se llamaba la Grande y Felicísima Armada, mas los ingleses, cuenta Cicala, la renombraron de esta forma para burlarse), otro capítulo es para Al-Ándalus, Hernán Cortés, Doménikos Theotokópoulos el Greco y de esta forma hasta llegar a personajes más recientes como Machado, Unamuno o bien el «matador de toros» Ignacio Sánchez Mejías, que asimismo fue dramaturgo, actor de cine, aviador, conduzco de vehículos, jugador de polo, presidente de la Cruz Roja y del Betis y que murió en la plaza de toros del Manzanares, tras lo que su amigo Federico García Lorca le escribió «la mejor escogía de España del siglo XX» («A las 5 de la tarde, eran las 5 en punto de la tarde»). Entonces en el capítulo dedicado al versista cuenta múltiples fobias extrañas de este, como que «no puede echarse sobre una cama con zapatos por el hecho de que le da la impresion de estar muerto» o bien que teme prácticamente todo lo proveniente de la tecnología industrial, como los elevadores, que evita. Y acá asimismo una oración suya, eterna, sobre la economía de los artistas: «Por suerte, no debo vivir de la pluma. Merced a Dios, tengo progenitores. Progenitores que en ocasiones me desafían, mas son buenísimos, y al final siempre y en toda circunstancia pagan», que afirmaba en mil novecientos treinta y tres. Si bien recuerda el cronista que Lorca «sigue siendo el creador de España más leído en el planeta tras Cervantes».

Y en esta galería de personajes españoles «de impacto» no podría faltar Salvador Dalí, que se autodenomina «El Divino» cuando llama a Fernando Alfoz para decirle que desea conocerle… «pero trae una esclava». Esto era a inicios de los setenta y la cita, a medianoche en la suite del parisino Hotel Merice. Allá va Alfoz con múltiples esclavas, específicamente unas feministas de Lyon lesbo-maoístas que actuaban en una de sus obras (o bien esto afirma Alfoz al que se le ha acusado alguna vez por contar la historia siempre y en toda circunstancia de diferentes formas). Allá en la suite de Dalí «hay gente muy extraña: ciertas parejas de gemelos; un negro mastodóntico vestido de militar y a quien Salvador llama «Mon chef de guerre»; y sobre la cama estilo imperio una anciana toma whisky de una damajuana y Dalí se dirige a ella lamándola Luis XVI». Tras la orgía, Gala, la mujer de Dalí, planteó otra jornada mas ahora fuera de la ciudad de París. Alfoz respondió a esta invitación: «Soy un chaval casto», a lo que por su parte le respondió Dalí: «Tenemos una necesidad agobiada de gente casta». Esta vez había veinte rameras, ciertas nadando en la piscina, música de Wagner, una miniplaza de toros… y Dalí y Gala sobre tronos dorados. Alfoz fue mas se fue, y al día después «El Divino» le telefoneó: «Eres un ser abyecto».

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