Las sumisas y distópicas mujeres enmudecidas de Christina DalcherEducación 

Las sumisas y distópicas mujeres enmudecidas de Christina Dalcher

Christina Dalcher adora a Stephen King y a él se confía en su primera novela, mas desde el momento en que «Voz» (Roca Editorial) apareció en las librerías y comenzó a escalar situaciones en las listas de bestsellers, la estadounidense no ha hecho otra cosa que atender preguntas relativas a Margaret Atwood,
«El cuento de la criada» y, en resumen, las distopías femeninas y feministas. A ella, doctora en Lingüística por la Universidad de Georgetown, le agradaría explicar que lleva leyendo al autor de «Carrie» desde los trece años y que con él aprendió a asustarse y a reírse; a meditar y enamorarse del lenguaje. En lugar de eso, no obstante, anda encajando estoicamente comparaciones y desactivando suspicacias sobre si su debut en la narrativa es una forma aproximadamente muy elegante de subirse al carro y apostar a caballo ganador.

«Las distopías ya estaban ahí con Jonathan Swift y ‘Los viajes de Gulliver’», relativiza una autora que con «Voz» («Vox» en su V. O bien.) ha decidido darle un revolcón apocalíptico a su trabajo para imaginar unos USA en los que las mujeres solo pueden vocalizar 100 palabras al día. Ni una más. De esta manera lo han decidido los Puros, un partido ultraconservador, tras llegar al poder. 100 palabras y una descarga de otros tantos voltios para cualquiera que ose exceder el límite. Cualquier mujer, se comprende. Los hombres, como imaginarán, tienen barra libre de fonemas, sintagmas y palabros de todo género. Por lo menos por el momento. Las mujeres, en cambio, se van a ver forzadas a transformarse en sumisas amas de sus casas con el lenguaje troceado y racionado.

Un panorama desolador con que el Dalcher dibuja un futuro con no pocas conexiones con el pasado. «Lo que me preguntaba en el momento de redactar la novela es qué pasaría si retornase la cultura familiar de los años cuarenta y cincuenta», explica. Una cultura familiar en que la mujer era poco más que un electrodoméstico y que, ahí es nada, se alimentaba de programas televisivos como, «Father Knows Best» (Papá lo sabe todo).

Por eso, por mucho que más que el razonamiento solicite a voces la compañía de títulos como «El cuento de la criada» o bien «El poder», de Naomi Alderman, la estadounidense señale a las siempre y en todo momento preciosas y perfectas esposas que Ira Levin inventó en «Las poseídas de Stepford» como primordial repercusión literaria. «No hacía falta transformarlas en robots; era más simple limitar su léxico a 100 palabras al día. Tiene exactamente el mismo efecto, mas es más fácil», arguye.

Lenguaje y poder
De Orwell, agrega Dalcher, aprendió que el lenguaje podía ser una herramienta de control, algo que aplica a conciencia en una historia protagonizada por Jean McClellan, una neurolingüista que, como todas y cada una de las mujeres, ha perdido sus derechos y asimismo su trabajo. Solo va a poder regresar a ejercer una vez que el hermano del presidente padezca un extraño ataque de afasia. «Ahí está la ironía de una mujer que ha pasado su vida tratando de devolver el lenguaje a la gente y ahora no puede utilizar el suyo», pondera Dalcher.

Realmente, agrega la autora, lo que procuraba con «Voz» era enseñar los «peligros de entremezclar religión y gobierno» y explorar temas tradicionales de las distopías como el apogeo de los extremismos y los totalitarismos. Y nada mejor que el lenguaje, «lo único que nos aparta del planeta animal», para ilustrar lo veloz que se pueden torcer las cosas. «No hay filosofía en el reino animal. Los chimpancés, que comparten el noventa y nueve por ciento del ADN con nosotros, no tienen librerías ni pueden edificar puentes por el hecho de que no tienen lenguaje. No son capaces de procesar la información», explica.

Tampoco termina de procesar que «Voz» haya sido recibida como una distopía feminista. «Para mí, lo idóneo sería tener un libro que fuera una distopía, o bien una ficción, mas no necesariamente feminista. Es un tanto ilusorio, pues lo que sucede no solo afecta a las mujeres: afecta al mundo entero, al marido, a los hijos…», explica.

En verdad, Dalcher no descarta reanudar el tema para estudiar el efecto que esa restricción de 100 palabras al día tendría en futuras generaciones. «Jane solo puede utilizar cien palabras, mas es una mujer adulta, ya ha adquirido su lenguaje… Mas si avanzamos una generación, vamos a ver que el lenguaje de su hija ya se estropea, no va a ser tan rico; y el de sus nietas va a ser peor todavía. Y eso no afectará solo a los mujeres», aventura.

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