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Lea Vélez: «La verdad y la realidad son realmente difíciles de creer»

Los pájaros pueden volar, mas no sonreír, igual que hay lugares paradisiacos donde se cometen los crímenes más atroces. Entre esas 2 certidumbres se mueve la última novela de Lea Vélez, «La sonrisa de los pájaros» (Destino), una obra que agita la realidad y la ficción para conseguir un coctel literario precioso y duro por igual. Precioso, claro, por los rincones en los que se mueve Ánima, su protagonista. Duro pues esta escritora retorna a su niñez para investigar el acontencimiento traumático que la marcó para toda la vida, para descubrir, en resumen, la verdad, y de paso descubrirse a sí.

La novela comienza con una oración contundente: «Los crímenes nos agarran». ¿Por qué razón lo hacen?

Los crímenes ocultan una simbología de todos nuestros temores. Nos maravillan por una cuestión de propia supervivencia. Deseamos solucionar el rompecabezas para resolvernos a nosotros mismos.

Hay muertes, asesinatos, que, de pronto, tienen en desequilibrio a un país. ¿De ahí que?

Hay crímenes que no te explicas por qué razón no son más mediáticos. Mas hay otros que… Eso es lo que deseaba examinar en el libro: por qué sucede esa especie de confluencia, de tormenta perfecta, en la que hay un crimen que toca todas las emociones de todo el planeta.

Esta historia una parte de un crimen, mas semeja que esto es una disculpa para regresar a la niñez…

Es que realmente el crimen es una disculpa para pesquisar en uno mismo. Pesquisar en un hecho muy trágico, cuando asimismo has vivido uno, hace que de alguna manera lo mires todo desde otra perspectiva. La protagonista se dedica a redactar libros y piensa que está estudiando un crimen, mas lo que hace es intentar descubrirse a sí, todo cuanto tiene olvidado. Desea descubrir todo cuanto tiene tapado, por el hecho de que es doloroso.

¿Oculta la niñez las explicaciones de nuestro dolor, de nuestros temores?

Ese es un monotema mío. En la niñez creo que está la raíz de todos nuestros males y todas y cada una nuestras bondades. Si bien tampoco es que me lo haya inventado , que lo ideó Freud [ríe]. El hecho de intentar buscar en la niñez contestaciones para nuestros inconvenientes o bien nuestras obsesiones es bastante común en mi literatura.

¿Es una obsesión personal, aparte de literaria? ¿Vuelve con cierta frecuencia a los lugares del pasado?

Vuelvo con la literatura. Creo que o bien soy muy vaga o bien que me cuesta salir de casa, mas prefiero viajar a esa niñez escribiendo.

Acá, a propósito, ese sitio al que retorna semeja un paraíso, más que perdido, destrozado.

Me impacta mucho esa idea, pues que me semeja muy literaria. Que en el paraíso, en un sitio campestre, pastoril, bello, con casas de piedra… Que de repente ahí suceda un crimen tan horrible y que te coja por sorpresa. Aparte de forma azarosa, como una lotería absurda.

Da la impresión de que el otro gran tema del libro es la busca de la verdad. En verdad, se abre con una cita de Byron sobre el tema: «Es extraño, mas es cierto, por el hecho de que la verdad es siempre y en toda circunstancia extraña. Más extraña que una ficción». ¿Lo cree de esta manera?

La verdad y la realidad acostumbran a ser increíbles. En verdad, cuando escribo guiones, los productores siempre y en todo momento me dicen: «Esto no se lo creerá nadie». Y les digo que me ha pasado. Es lo que pasa con este libro. Está basado en historias reales. Y las anécdotas supuestamente más literarias que se cuentan son reales. Yo deseaba jugar a ese juego de la verdad y la realidad: amoldar un crimen real, que sucedió en otro país, a la realidad de España. Y te das cuenta de lo irreal que es todo, de lo aparentemente imposible que es. De ahí que esa cita de Byron. La verdad y la realidad son realmente difíciles de pensar. De ahí que en ocasiones ficcionamos mucho nuestra vida.

Mas el crimen y su obsesión sí es real, ¿no?

Me obsesioné mucho con este crimen en su instante. Pasaron veinte años. Y veinte años después volvía a verlo en las noticias: el hombre que está condenado volvía a intentar probar su inocencia echándole la culpa a un asesino en serie…

¿La verdad siempre y en todo momento termina doliendo?

La verdad acostumbra a doler. Mas a la verdad se le ponen peculiaridades un tanto metafísicas que creo que no tiene. Yo creo que la verdad viene bien cuando precisamos saberla, y que es mejor no procurarla cuando no la precisamos. Es cuestión de contexto. Si se emplea la patraña para mentir, para manipular, para lograr algo que no es legítimo, puesto que hay que buscar la verdad. Mas depende de cada situación. Éticamente, la verdad… Bueno, puesto que en dependencia del contexto es buena o bien es mala. No tiene un valor absoluto.

A propósito, ¿qué pintan acá los pájaros?

Son un misterio por solucionar y, sobre todo, son un lenguaje. El libro tiene muchos personajes que charlan muy, muy diferente, que tienen su planeta. Comenzando por el cetrero, que utiliza un lenguaje de la acción, del campo, con oraciones un tanto enigmáticas. Y los personajes más del lumpen, de la criminalidad, con su lenguaje carcelario… Uno de los lenguajes que sobrevuela el libro es el de las aves: el lenguaje que percibía cuando comencé a observarlas. Me comencé a dar cuenta de de qué manera se expresan con los movimientos, dibujando de alguna forma letras en el cielo. Son el símbolo de un lenguaje que no entendemos y en el que no nos fijamos.

¿Y qué afirman?

No sé… Los pájaros de pequeña me daban temor, pues no pueden sonreír. Es una cosa muy imbécil, muy infantil, mas muy lógica. Es una oración familiar, que se ha quedado ahí: «La sonrisa de los pájaros». Es un oxímoron, es algo absurdo. Y la vida es esto: es el paraíso, mas en ocasiones el paraíso tiene cosas absurdas como que hay muertes, que hay desgracias, que hay hechos ininteligibles.

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