Cultura Los grandes concursos del flamenco, en decadencia

Los grandes concursos del flamenco, en decadencia

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Los ciclos de cambio, como estudia la sociología moderna, cada vez son más cortos. Tan veloz han pasado ciertas disrupciones frente a nosotros que hemos sido testigos de la imposibilidad de amoldarnos a todo; solicitarle, por servirnos de un ejemplo, a quien rehuyó en un comienzo del móvil que se abra una cuenta en TikTok semeja un chiste negro. Ese se queda fuera.

De esta forma, en el arte, grandes citas que nacieron en un contexto muy, muy diferente al de hoy, el propio de los años cincuenta, sesenta o setenta, tratan de reinventarse de forma continuada. Mas en ocasiones, las perturbaciones son tan trascendentales que las soluciones deben ver con giros al filo del precipicio, cambios radicales cuya posible ejecución sacude los cimientos.

La máquina de redactar, con su irrupción en el mercado, iba a expedir al garaje a los lapiceros, mas quien aún las vendía en los ochenta de súbito vio agotado su horizonte mientras que bolis y lapiceros prosiguen hoy languideciendo en las papelerías, sin fallecer jamás totalmente. La última máquina de redactar europea la edificó Brother en dos mil doce. Este caso nos enseña que la mejor preparación de cara al futuro es tu flexibilidad para reinventarte. ¿Qué ha pasado con los concursos? Con los de música, flamenco o poesía, no importa, puesto que la mayor parte tiene un denominador común que los castiga.

Lámpara minera
En el flamenco, por centrar el prisma, los certámenes de mayor prestigio son los de La Unión, con la Lámpara Minera, que tiene una dotación económica de quince euros; el Concurso Nacional de Córdoba, que este otoño va a repartir cuarenta euros en premios para las disciplinas de cante, toque y baile en su XXIII edición; y el Concurso de Cante Jondo Antonio Mairena, entre otros muchos. Sé que este año la cantaora extremeña Esther Merino se hizo con la Lámpara. Y sé, asimismo, que van a aumentar sus contrataciones para la próxima temporada. Sé que el joven Álvaro Mora ganó el Bordón Minero; Ángel Bocanegra, al violín, el Filón; David Romero, bailaor, el llamado Desplante masculino e Irene Joven el femenino. Si trato de rememorar los nombres de las últimas ediciones, no obstante, medra mi olvido. La mayor parte no está en los primordiales carteles.

Cuando Miguel Poveda, Mayte Martín o Rocío Márquez triunfaron en este marco, proyectaron sus carreras. Hoy esto no sucede. Mas quien ha perdido fuelle no es el Festival de Cante de las Minas, sino más bien el formato de concurso. Por tal motivo, todas y cada una estas citas se encuadran ya en programaciones que van alén del propio certamen, recibiendo a lo largo de semanas artistas de fuera que no compiten para resultar así más atractivas para el público. La Bienal de Flamenco de Sevilla, el caso más extremo, arrancó como concurso en los ochenta y en dos mil veintidos ha suprimido los Giraldillos por un solo premio honorífico. ¿Por qué han perdido esa capacidad para ocasionar fama e agregar figuras a los circuitos?

Esther Merino, Lámpara Minera dos mil veintidos

ABC
La contestación, en mi opinión, está en el cosmos digital. Los conservatorios y, sobre todo, las escuelas de música prosiguen preparando a sus pupilos, así sean de tradicional, flamenco u otro género, a fin de que compitan en certámenes específicos. «Me preparo bien el repertorio de los cantes de Levante y me lo llevo», esa idea prosigue actual, mas tal vez se deberían incluir asignaturas de de qué forma montar un trípode y editar un vídeo. Administración de redes sociales, industria musical, plataformas digitales, monetización… No se trata de poner la imagen sobre la propia substancia en los programas de contenidos, sino más bien de formar a los pupilos para el planeta al que se encaran. Las redes lanzan artistas. Los concursos, no. Y los objetivos, por lo tanto, deberían readaptarse progresivamente al nuevo tablero en que nos movemos.

Esta dolorosa realidad acaba con la máxima de las demandas para el artista: no es suficiente con el talento y el trabajo, sino tenemos que agregar su conveniente comunicación. Una estrategia. Y si atendemos a los nuevos valores del arte jondo, aquellos por los que comienzan a apostar grandes acontecimientos, vemos que no tienen relación con los concursos: Ismael de la Rosa El Bola, El Purili, Ángeles Toledano, Yerai Cortés, David de Arahal… Afirma Rafael de Utrera que los premios «sirven para ordenar el polvo de tu vitrina». Hacen ilusión, evidentemente. Mas sus espaldarazos quedan ya en palmaditas a la espalda. ¿Qué sucede con la poesía? ¿Qué hay del Adonais, Hiperión y Loewe? ¿Qué va a ser de esta suerte de competiciones en los tiempos venideros y de qué forma podrían hallar su espacio en este cosmos de reglas difusas?

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