Manuel Astur y el crimen del concejoCultura 

Manuel Astur y el crimen del concejo

Escribe Manuel Astur (Sama de Grado, Asturias, mil novecientos ochenta) en San, el libro de los milagros sobre el futuro y lo define como «una promesa representando a la que no vivir el único paraíso posible: este momento en el que navegamos como en una isla móvil, este tiempo en el que estamos». Quién le iba a decir a él que, dos días tras la llegada de su inusual novela a las librerías, la propagación del coronavirus nos conduciría a la cuarentena y, con ella, el mensaje de su historia, ya por sí loable, multiplicaría su relevancia, por el hecho de que San y el crimen que encierra en su interior, como una piedra bella, sobrevuela todos y cada uno de los tiempos posibles y arma al lector con la capacidad de valorar el momento paradójicamente desde su insignificancia.

Naturaleza, espéculo
Ese es el propósito con el que una voz que se oculta tras la primera persona del plural, exactamente la misma que usa Patrick McGrath en La responsable de vestuario (Literatura Random House) para remitirnos a los narradores del teatro más tradicional, prácticamente relacionado con la mitología, nos traslada al concejo inventado de San Antolín, donde tuvo lugar el homicidio de Manuel González Álvarez a manos de su hermano Marcelino.

Dividida en 3 cantares -«La matanza», «Los gusanos» y «El macho cabrío»- y también inspirada en el crimen real de «Tomasín», que convulsionó Asturias en dos mil once, San, el libro de los milagros no es, no obstante, una novela negra tradicional, sino más bien un homenaje a la Naturaleza escrita con mayúscula, exactamente la misma que supone el núcleo último de la obra de Astur, a la que recurrió de forma sabia en Voy a ser un anciano precioso en un enorme país (Sílex Ediciones) para usarla como espéculo y contarnos su educación sentimental; y a la que retorna acá, para transformarla en el único termómetro eficiente en el momento de relativizar la crueldad de los hombres.

Falsa seguridad
En la línea de la poética El embalse trece, de Jon McGregor (Libros del Asteroide), es de esta forma como, con un estilo que roza la sensualidad y genera un efecto prácticamente físico, Astur juega con el tiempo, la tierra y la violencia para entretejer una trama que encuentra su lógica en el desorden, como toda desgracia real y nos recuerda algo que, amparados por la falsa seguridad de la vida rutinaria, habíamos olvidado, que es absurdo creerse mejores por el hecho de estar vivos.

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