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Muere a los noventa y cuatro años el versista Enrique Badosa, último representante de la Generación de los cincuenta

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Era el último superviviente de la llamada Generación de los cincuenta -la de Barral, Gil de Biedma, Ferrater, Gomis, Ferrán o bien Costafreda-. Su obra no es fruto de la casualidad, sino más bien de una congruencia que solo puede basarse en la firmeza estructural que en otras temporadas daban los estudios del Trivium: Lógica, Gramática y Oratoria aderezadas, en el caso de Enrique Badosa por la sátira punzante del epigrama, el lirismo y los poemas viajantes.

Cronista y cooperador de ABC, con una larga trayectoria editorial en Plaza & Janés que dio a la imprenta las compilaciones de poesía de España y universal, Badosa, natural de Barna en mil novecientos veintisiete, tradujo al castellano los ‘Epodos’ y ‘Odas’ de Horacio, los versistas medievales catalanes y las obras de J. V. Foix y Salvador Espriu.

Poco partidario de las generaciones a las que se asigna un pensamiento único el versista reunió en ‘Trivium’ sus diecisiete títulos a los que se agregó treinta piezas nuevas. Reluctante a redactar memorias, Badosa no se fatigaba de reiterar que no escribía poemas: era el poema el que le escribía. El espéculo, motivo alegórico de Badosa, nos devolvía la faz del autor en todas y cada una de sus circunstancias vitales sin caer jamás en la desacreditada «poesía de la experiencia» a cuyos bardos dedicó un epitafio de su ‘Parnaso funerario’ (dos mil dos): «Para hacerse más sabio y distinguido, /se nos inscribió con diligencia /en la Escuela Oficial de la Experiencia /y tuvimos un vate esclarecido».

En ‘Marco Aurelio, 14’ –su dirección barcelonesa- o bien los ‘Epigramas confidenciales’, dedicado al satírico Marcial, Badosa se responsabilizó de su poesía y prefirió la soledad como libertad y evolución autora.

Versista catalán en español proclamó en sus versos la fecundidad del bilingüismo. «Yo que soy de España de Cataluña /y catalán de España, tanto monta, /no debo dar explicaciones /de por qué razón escribo en una o bien otra lengua. /La libertad se explica por sí misma».

El Badosa viajante se manifiestó en ‘Mapa de Grecia’ y ‘Cuadernos de Barlovento’. Entre diciembre de mil novecientos setenta y seis y diciembre de mil novecientos setenta y siete trazó su ‘Mapa de Grecia’ que vio la luz un par de años después.

La admiración cara la civilización madre de la cultura occidental tuvo su recompensa cuando la hispanista Silvia Pandu trasladó al heleno sus poemas. En ocasiones, bromeando, Badosa nos contaba que una preciosa señora estuvo a puntito de adquirir su libro; por el título, pensó que se trataba de una guía de viajes y, entonces, al abrirlo, descubrió que era poesía. Lo que poca gente sabía es que mucho antes que los lectores admiraran los ‘Soldados de Salamina’ de Cercas, Badosa había popularizado el topónimo, en uno de aquellos poemas. En el mes de febrero de dos mil cuatro, el versista regresó a la isla griega donde tuvo lugar la legendaria batalla de Salamina. Allá, en un peán bélico en honor a Apolo con un texto de Esquilo y, encima, una pequeña placa rinde tributo a Badosa con la letra de su poema ‘Salamina’: «Por esto ha sido escrito el Partenón/ con la más hermosa tinta de la tierra./ Por esto se ha labrado el pensamiento/ en la piedra más sabia y perdurable./ Por esto hablas en lengua libre».

En estos tiempos de choque de civilizaciones, los versos de Salamina cobran su vigencia como preservación de una manera de comprender el planeta. Para Badosa, fue una batalla decisiva: de no haber vencido los helenos, afirma siempre y en todo momento, «no estaríamos acá y no podríamos considerarnos, como Borges, «griegos en el exilio».

El siempre y en toda circunstancia muy elegante Enrique Badosa nos obsequió su poesía para deambular por el complejo dédalo de la existencia: de la irreverencia jubilosa del epigrama, a la gravedad de ‘Marco Aurelio, 14’.

El versista alcanzó las postrimerías del esculpido de la sabiduría, como una escultura: «En lo terminante de mi edad,/ más que jamás me siento responsable/ de este sitio que ocupo en el espacio./ Donde estoy, podría encontrarse un hombre/ no solo con más fuerza de vivir,/ con más dominio y más inteligencia,/ sino más bien con más bondad en la mirada…»

Y el versista emprendió el último viaje.

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