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Museo Reina Sofía: entre la locura y la fiebre del oro

El ruido y la penumbra confunden al visitante del edificio Sabatini. Mientras baja la escalera hacia el sótano, un breque –el sistema utilizado tradicionalmente para extraer el oro de las minas– sube y baja los cinco pisos del Museo Reina Sofía. Al llegar a la Sala de Bóvedas, el hechizo se completa: vagones de madera recorren los estrechos rieles típicos de una mina, mientras desde arriba se escuchan los silbidos de los trabajadores que arrean a sus mulas, cargadas con maderas para construir los túneles que les permitirán seguir avanzando montaña adentro. La instalación, a cargo del colectivo colombiano Mapa Teatro, busca trasladar al espectador a las minas de Marmato, en Colombia, escenario del sueño febril de Ángel Díaz, un ingeniero español enviado en el siglo XVIII a esa colonia para supervisar la explotación del oro.

La exposición «De los dementes, o faltos de juicio», denominada por el colectivo como una «etno-ficción», recuerda los vínculos entre el origen del museo y la colonización. Inicialmente, el edificio del Reina Sofía fue la sede del Hospital General y de la Pasión de Madrid, fundado en el siglo XVI por el rey Felipe II, y al que dos siglos más tarde se le añadió un nuevo edificio, financiado por orden de Fernando VI con las limosnas otorgadas por la familia real y la riqueza procedente de las colonias, en su mayoría el oro de las minas que proliferaban en todo el territorio. Si en sus inicios el hospital funcionaba como un refugio para los más pobres de la ciudad, en el siglo XVIII acogió a enfermos de todo tipo, entre ellos, los que padecían de enfermedades mentales –llamados «dementes o faltos de juicio»– y a los que se recluía en los sótanos del edificio para evitar que «contagiaran» a los demás pacientes.

Misivas desde Nueva Granada

Ángel Díaz fue uno de aquellos pacientes. Nacido en Nalda (La Rioja) y especializado en París en matemáticas, física y minerología, fue enviado por el rey junto a su cuñado, Juan José D’Elhúyar, a Caldas, una región de Colombia de gran producción minera. Carlos III deseaba que modernizaran aquellas minas, entonces explotadas de la manera tradicional de los indígenas, para hacerlas más rentables. Los dos ingenieros pasaron una larga y conflictiva temporada en Colombia, donde tuvieron numerosas diferencias entre ellos, con los nativos y hasta con el Virrey. De todo ello dan fe una serie de cartas enviadas por Díaz a Carlos III y recuperadas por Mapa Teatro para la muestra.

Años después de su llegada a Nueva Granada, Juan José D’Elhúyar murió en la Vega de Supía, aunque su cuñado permaneció en el país a cargo de las minas de Marmato, ubicadas en una montaña que hoy se continúa explotando. Hasta que en 1816 fue diagnosticado con lo que entonces llamaban «auriferis delirium», trasladado a España y encerrado en las bóvedas del Hospital General. En la muestra puede leerse un informe de 1992 según el cual el ingeniero formaría parte de las distintas apariciones, fenómenos y ruidos inexplicables que supuestamente han plagado el museo desde hace siglos: «El edificio tiene una impregnación antigua debido a la intensidad emocional de las vivencias correspondientes a la función que como hospital había desempeñado durante muchos años. El último hombre en ponerse en contacto fue un tal Ángel Díaz, quien repetía incesantemente que lo único que podía verse en la oscuridad de aquellas bóvedas situadas en el sótano del museo era polvo de sol. Entre las psicofonías captadas se escucha el sonido de distintas máquinas de extracción minera».

La fiebre del oro se relaciona con frecuencia a la búsqueda de El Dorado, aquella ciudad mítica que los colonizadores persiguieron sin descanso en los virreinatos de Nueva Granada y Perú. En Colombia se obsesionaron con el cacique Guatavita, del que se decía que se cubría en polvo de oro y se sumergía en una laguna en la que la tribu muisca hacía ofrendas de ese metal precioso a los dioses. Convencidos de que se trataba de El Dorado, los colonos buscaron durante siglos la laguna de Guatavita y, más de una vez, los que la encontraron trataron de drenarla para llegar al oro que supuestamente escondía en el fondo. Gabriel García Márquez mencionó también el «delirio áureo» en su discurso de aceptación del Premio Nobel, en 1982: «El Dorado, nuestro país ilusorio tan codiciado, figuró en mapas numerosos durante años (…). Uno de los tantos misterios que nunca fueron descifrados es el de las once mil mulas cargadas con cien libras de oro cada una, que un día salieron del Cuzco para pagar el rescate de Atahualpa y nunca llegaron a su destino».

Por tanto, la fiebre del oro es en sí misma una ficción, un relato que forma parte del imaginario colectivo. La intención de Mapa Teatro es jugar con esa idea para dar nueva vida a los delirios del ingeniero Díaz, que, según su «etno-ficción», continuaría obsesionado con su trabajo en las minas colombianas mientras convalecía en el hospital. Y es que la muestra es un continuo juego entre lo real y lo ficticio y recurre a Historia e imaginación a partes iguales para invitar al espectador a sumergirse en el relato que presenta. «A partir del diálogo con estos espacios y las historias que cuentan construimos una ficción que les otorga, a su vez, mayor relevancia. En cuanto a qué es realidad y qué no, es el visitante el que debe decidirlo», aclara Rolf Abderhalden, cofundador del colectivo.

Dado que las minas de Marmato, de las que estuvo encargado Díaz, continúan en funcionamiento –y son las únicas del territorio que no fueron compradas por las corporaciones multinacionales ni padecieron los efectos de las guerras internas entre la guerrilla, los paramilitares y el gobierno colombiano–, Mapa Teatro pudo visitarlas y traer hasta Madrid vídeos, imágenes, documentos y materiales que forman parte de la exposición. Según Abderhalden, de esta manera se relaciona aquella fiebre del oro de la época colonial y postcolonial con la actual explotación minera y «el delirio capitalista» que rige el mundo. Además, es una llamada a la reflexión respecto a la contaminación y la necesidad de perpetuar las prácticas tradicionales de la minería en lugar de adoptar las más modernas, que son también más contaminantes.

La Razon

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