Otis Redding: la corta vida del gigante del soulCultura 

Otis Redding: la corta vida del gigante del soul

Los meses precedentes a su participación en el mítico Festival de la ciudad de Monterrey, el dieciocho de junio de mil novecientos sesenta y siete, Otis Redding andaba preocupado sobre su porvenir en el negocio de la música. «Dentro de 5 años se habrán olvidado de mí», aseguró a la reputada gaceta musical «Hit Parader». Era la primera entrevista esencial de su carrera y solo hacía un quinquenio que había grabado su primer fácil, «These Arms of Mine», mas ya creía que su estilo se pasaba de tendencia en la mitad de aquella revolución cultural con el movimiento hippy a la cabeza. Ni tan siquiera estaba persuadido de que un vocalista de soul como hubiera de estar en aquel acontecimiento lleno de jóvenes blancos locos por el pop y el rock, al que solo habían querido acudir otros 3 artistas negros: Dionne Warwick, Lou Rawls y un Jimi Hendrix que aún era una figura ignota en USA.

El día del concierto, los miembros de la organización cedieron al espíritu del instante y se entregaron a los placeres de las drogas psicodélicas provocando retrasos poco a poco más esenciales. Pasada la medianoche, en el backstage se generaron fuertes discusiones a fin de que Otis, que a esas horas trataba de disimular sus nervios, redujese su actuación. Al final accedió a interpretar solo 5 canciones. Y cuando se aproximó al escenario, su mánager observó como el vocalista de Macon (Georgia) le daba «una gran calada» a un canuto gigante de mariguana que le había ofrecido un espectador.

Reluciente con su traje de seda color verde azulado y su impresionante presencia física, Redding avanzó entonces cara el micrófono, lo arrancó del pie, exhibió una gran sonrisa y chilló con fuerza: «¡Shake! Que lo afirme todo el planeta. ¡Shake! Deseo oíros a todos». Era la primera orden que un artista se atrevía a dar desde el momento en que comenzase el festival de la ciudad de Monterrey. Tal y como si sus progenitores hubiesen aparecido de súbito, cerca de diez mil jóvenes se levantaron de pronto y corrieron en masa cara el escenario, para empezar a danzar como locos pese a la lluvia.

El guitarrista de Grateful Dead, Bob Weir, afirmó después que había sido «como ver a Dios sobre el escenario». Y el crítico de «Los Angeles Times» escribió: «Emocionó al público como absolutamente nadie lo había hecho a lo largo de los 2 primeros días. Los corredores entre las filas de asientos estaban llenos de espectadores que no paraban de danzar, y ciertos escalaron por los laterales del escenario mientras que aplaudían y gritaban». Redding concluyó, una vez que las autoridades locales apareciesen pidiendo el cese inmediato de la actuación, con las versiones de «(I Can’t Get No) Satisfaction» y «Try a Little Tenderness». «Tengo que marcharme, si bien no deseo hacerlo», afirmó. Y el público, que había continuado de pie desde el primer tema, respondió con una ovación de diez minutos.

Tras la prematura muerte de Sam Cooke acribillado a tiros por la dueña de un motel de Los Ángelestres años ya antes, el vocalista se había propuesto recoger el cetro del soul y el rhythm and blues. Y daba la sensación de que lo había logrado. Cuando retornó a su rancho de Macon poquitos días después, le afirmó conmovido a su esposa, Zelma, que aquel concierto le había añadido 5 años más a su carrera. No se imaginaba que, 6 meses después, su pequeño aeroplano se estrellaría contra la superficie del lago Monona de Madison (Wisconsin). Tenía veintiseis años.

Las 5 canciones de la ciudad de Monterrey fueron un buen resumen de su breve carrera –apenas 7 años– que Jonathan Gould desmenuza ahora en la pormenorizada biografía «Otis Redding: Una vida inacabada» (Neo Sounds, dos mil diecinueve). Un total de quinientos setenta y cuatro páginas con las que el músico y cronista ha roto el acuerdo sobre el relato oficial, poniendo al vocalista con gran precisión en su contexto político, social y musical. Una disculpa para efectuar un muy, muy amplio viaje por la historia de la segregación racial de E.U., las leyes de Jim Crow, los linchamientos de negros, el origen de la música popular a inicios del siglo XIX, la revolución cultural de mil novecientos sesenta y la aparición del movimiento por los derechos civiles… que el vocalista no vio acabar.

Mejor vocalista que Elvis
Un par de semanas ya antes de fallecer llamó a su asociado en las composiciones, Steve Cropper: «He escrito algo que debes escuchar», le afirmó. Estaba ilusionado tras la operación que nódulos que había sufrido y el reposo que había debido guardar a lo largo del verano de mil novecientos sesenta y siete. Además de esto, justo cuando había comenzado a charlar poquito a poco a mediados de septiembre, una encuesta efectuada por la gaceta «Melody Maker» puso a Otis Redding como el mejor vocalista masculino del año, desbancando a Elvis Presley en un panteón del pop que incluía a John Lennon, Paul McCartney y Bob Dylan, nada menos. Era el primer gran reconocimiento público de su carrera, que logró sin dejar nunca Stax Records, la pequeña discográfica de Memphis que confió en él cuando tenía veinte años, cuando todavía se ganaba las perras actuando por los bares de Georgia.

La canción que le presentó a Cropper era una balada a medio tiempo titulada «(Sittin’ On) The Dock of the Bay», con la que deseaba presentar al planeta al «nuevo Otis Redding». Estaba tan ilusionado que reservó enseguida una investigación sin saber que su final se aproximaba. En la toma inicial se le olvidó la letra de la última estrofa y empezó a silbar la armonía como quedó grabada para los restos. «Su voz sonaba tan clara que no nos lo creíamos. No podíamos dejar de grabar. Y cuando la banda se iba de noche, Otis y íbamos a cenar algo y volvíamos al estudio para continuar grabando», contó el guitarrista. 6 días ya antes del accidente, las sesiones se intensificaron: «Nos quedábamos en el estudio hasta las 3 de la madrugada y, después, retornábamos a las diez. No parábamos de grabar. Él estaba electrificado. Evidentemente, había algún género de presentimiento premonitorio en el aire», recordaba otro de los músicos, conforme la biografía de Gould.

El once de diciembre de mil novecientos sesenta y siete, ni una semana después, el cuerpo de Redding fue salvado de la parte posterior de la cabina destrozada del aeroplano, en el fondo del lago, aún atado al asiento. Los buzos habían estado buscándole veinticuatro horas. Del fondo del agua asimismo sacaron a la mayor parte de los miembros de su conjunto de acompañamiento, Bar-Keys, que tenían entre dieciocho y diecinueve años. El cadáver de Otis presentaba una herida en la frente y distintos cortes y moretones que llevaron al forense a determinar que había quedado inconsciente tras el impacto con el agua y, después, se había ahogado al hundirse el aparato. Entre los objetos encontrados en su ropa, un reloj de oro, una cartera con trescientos dólares americanos y una pequeña bolsa de mariguana de la que el forense se deshizo a solicitud del mánager del vocalista. Asimismo había un maletín con miles y miles de dólares americanos de la colecta de sus 2 últimos conciertos que fue robado del sitio del accidente y jamás apareció.

Su epitafio
Redding fue sepultado en el jardín de su rancho. Los artículos que se escribieron con ocasión de su muerte en los diarios más esenciales del planeta, incluido ABC, superaron con diferencia a la suma de todos lo que se habían publicado de él durante su corta carrera. Mas Otis no precisó que absolutamente nadie le escribiera un epitafio, ya lo había hecho mismo con «(Sittin’ On) The Dock of the Bay», cuya versión final debió ser remezclada por Cropper tras el entierro.

Fue lanzado como fácil en el primer mes del año de mil novecientos sesenta y ocho y, a los poquitos días, se transformó en un éxito desbocado que se encaramó en el Top diez de «Billboard» a mediados de febrero. Un mes después, tras vender un millón de copias, llegó al número uno tanto en las listas de pop como en las de rhythm and blues. Fue el primer fácil de Otis en lograr ese puesto.

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