Petrus Gonsalvus: Los monstruos eran otrosCultura 

Petrus Gonsalvus: Los monstruos eran otros

Lo llamaron Guancancha (hijo de can) y asimismo Barbet, mencionando a la raza de los sabuesos preferidos del rey, mas el tinerfeño Petrus Gonsalvus (o bien Pedro González) llegó a transformarse en gentilhombre de la corte de Enrique II de Francia y a percibir el venerable tratamiento de «don», a pesar de que un grueso vello le cubría todo el cuerpo dándole la apariencia de un hombre lobo. Imagina la prosista Emma Lira que a su madre «se le mudó el ademán, se le helaron los ojos y se le atascó en la garganta un grito de horror puro» cuando lo tuvo por vez primera en sus brazos. Y que solo el miedo de los guanches al diablo Jucancha, que resguardaba a los perros, le salvó aquel día de mil quinientos treinta y siete de la muerte. Mas aquel pequeño nacido con hipertricosis universal innata subsistió a esta y muchas otras contrariedades y, contra cualquier pronóstico, protagonizó una historia amorosa tan increíble que inspiraría a Gabrielle-Suzanne Barbot de Villeneuve el muy famoso cuento de «La Preciosa y la Bestia».

¿Se quisieron de veras o bien su amor no es más que un mito? «Petrus existió, se casó y tuvo una descendencia nutrida (6 hijos) y su matrimonio duró cuarenta años», resalta la autora de «Ponte en mi piel» (Espasa, dos mil diecinueve), una novela que, incluso siendo histórica más que romántica, relata ese «amor diferente, que medra y que se desarrolla a pesar de uno mismo».

Era impensable que la joven Catherine fuera a enamorarse de Petrus a primer aspecto. Es más, era tal el pánico que le provocaba que pasarían años hasta el momento en que el matrimonio Gonsalvus fuera verdaderamente una pareja. Y cuando por fin se hallaron, «a diferencia del cuento en el que el amor rompe el hechizo y la Bestia se transforma en un príncipe, Petrus prosiguió teniendo un aspecto monstruoso, con pelo en todo el cuerpo para el resto de sus días», comprueba Lira.

De algo más, además de su monstruoso aspecto, debía hacer gala Gonsalvus a fin de que la joven y hermosa Catherine, dama del séquito de la reina Catalina de Medici, acabase viéndole con otros ojos. Conforme Lira, «tenía que resaltar de alguna forma, debía haber algo, una inteligencia, una humanidad, una grandiosidad de espíritu, una fortaleza, una fidelidad que pudiesen hacerle singular para alguien y no solo para su esposa, sino más bien para la gente que lo rodeó». De esta forma se lo ha imaginado cuando menos esta prosista, como «una persona inteligente que es capaz de buscar lo mejor que hay en él, ya que su aspecto físico de hombre lobo le condiciona en el momento de ser admitido en un siglo XVI en el que se quemaban herejes».

De su Tenerife natal, donde núcleos alzados de guanches todavía combatían con los castellanos, iba a ser seguramente vendido por tratantes de esclavos cuando fue detenido por corsarios y llevado hasta la corte francesa. Apenas tenía diez años cuando fue presentado a Enrique II de Francia. Era el día de la coronación del monarca en Reims y entre los presentes de cortesanos y embajadores estaba este pequeño salvaje lleno de pelo que ocasionó un enorme impacto. «Curiosamente el pequeño sabía charlar castellano, que el rey asimismo charlaba pues en su niñez fue preso de Carlos I por un tratado que firmó su padre, Francisco I», narra Lira. Aquel menor piloso le contó a Enrique II que nació en Canarias y que era un mencey, hijo de un rey. «Enrique II debió sentir una empatía infrecuente por este ser que para el resto era un monstruo -especula Lira-. Por empatía, por puro experimento -el mito del hombre salvaje estaba muy en rema entonces- o bien por curiosidad, el rey «prohíja» a este pequeño y decide ver qué ocurre si a un ser supuestamente salvaje se le da una educación». Si bien no por esta razón dejaría de ser considerado una propiedad más de los monarcas, que lo exhibían como curiosidad.

La boda roja
De los pocos detalles documentados de la vida de Petrus Gonsalves, Lira ha tejido con imaginación una biografía del personaje que le lleva a vivir en primera persona los primordiales sucesos históricos de la temporada. En una Francia inmersa en un enfrentamiento de religiones, en la que las grandes familias tratan de aprovecharse de la debilidad de la monarquía tras la muerte de Enrique II y toman partido por los católicos o bien los protestantes, una premonición de Nostradamus presagia el final de la dinastía de los Valois y la llegada al trono de los Borbones. La reina Catalina de Médici se va a pasar el resto de su vida tratando de impedir que estas predicciones se cumplan, con todos y cada uno de los medios a su alcance.

«Es una trama alucinante, con unos ingredientes como de Juego de Tronos», asegura la prosista mientras que resalta que «episodios que ahora nos maravillan como el de la boda roja pasó hace quinientos años y acá al lado, en la ciudad de París, en el MuSeo del Louvre, que ya no puedo ver de igual manera por el hecho de que allá hombres, mujeres y pequeños fueron sacados de sus camas cuando eran los convidados de una boda real y fueron masacrados». La matanza de San Bartolomé «acabó con la vida de tres mil personas únicamente en la ciudad de París y de otras veinte.000 en el resto de Francia», recuerda Lira.

Petrus debió vivir este episodio pues está documentado que se hallaba en la corte de Catalina de Médici, que fue quien lo orquestó, prosigue Lira. Asimismo se sabe que viajó a Flandes a fin de que lo viesen médicos y si bien es posible que se trasladara solamente por esa razón, la escritora usa estos datos históricos para implicar al protagonista de «Ponte en mi piel» en ese convulso trasfondo histórico en el que vivió.

«Imagino a ese hombre a sus veinte años, cuando ya está muerto Enrique II, la persona que le resguardaba, y se siente un tanto huérfano otra vez y decide aferrarse a la gente que cree en él o bien que le precisa. Y le doto de una misión», señala.

Una elección, de novela
En las 2 riberas del enfrentamiento que aparta a la corte y a Francia entera se hallarán Petrus y Catherine, obligados a casarse contra su voluntad. Poco se sabe de la vida real de la hermosa joven que apoya su mano en el hombro de su marido piloso en uno de los retratos que se preservan de la familia Gonsalves. Emma Lira le da una trágica niñez ambientada una rebelión por el impuesto de la sal para explicar por qué razón una joven, a la que imagina sin familia, ni títulos, ni posesiones, no pudo negarse a este singular matrimonio concertado por Catalina de Médici. Y por qué razón, al haber conocido la barbaridad de hombres de apariencia normal, fue capaz de mirar con otros ojos a Gonsalves.

La pareja, que tuvo 6 hijos (Madeleine, Enrique, Françoise, Antonietta, Horacio y Ercole), 4 de ellos con exactamente el mismo «síndrome de Ambrás» que su padre, terminó sus días en Italia, en la corte de los Farnesio. «Hay historiadores que piensan que a la muerte de Catalina de Médici, los obsequian a los Farnesio, si bien deseo meditar que esa última resolución la toma y decide irse de una Francia que se lo ha dado todo, mas que en los últimos sucesos a los que ha debido enfrentarse le ha roto el corazón, y a la que jamás más volverá», apunta Lira, que deja claro al final del libro qué una parte de su relato es histórica y cuál ficción.

Si bien para poder ver los semblantes de Petrus y su familia hay que asistir a otros libros, navegar por Internet o bien viajar a Innsbruck (Austria) para poder ver el viejo gabinete de maravillas del castillo de Ambrás, o bien visitar el castillo de Blois (Francia), donde la pequeña Antonietta, de unos seis o siete años, sosten un papel en las manos en el que afirma que su padre fue regalado al rey de Francia. A Lira ya le había llamado la atención este personaje desde el momento en que compendió información para su libro «Donde nacen los dragos», mas este cuadro de Lavinia Fontana fue el que le impulsó a redactar su última novela. «De alguna forma me llamaba desde el retrato diciéndome: cuenta la historia de mi padre que vivió estos mundos tan diferentes y fue capaz de subsistir y tener una larga vida», comenta. Petrus Gonsalvus murió en mil seiscientos dieciocho con unos ochenta años, una extrañeza más en el siglo XVI.

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