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Philippe Claudel: «Mi compromiso está en mis libros»

El planeta que habita Philippe Claudel (mil novecientos sesenta y dos) es exactamente el mismo en el que todos vivimos, mas lo hace de forma diferente. Lo hace utilizando su obra, literaria y cinematográfica, como espéculo en el que nuestra sociedad se vea reflejada. En ocasiones, como en el caso de su última novela –«El archipiélago del perro» (Salamandra), que estos días presenta en España–, ese reflejo no agrada, pues nos enseña lo peor a lo que podemos llegar los humanos, y pues es tan real que atemoriza. Los cadáveres de 3 jóvenes negros aparecen, un lunes de septiembre, en la playa de una isla, supuestamente idílica. Un entorno mediterráneo que se distancia mucho de ser un paraíso, como prueban las acciones que, entre sus habitantes, se provocan tras el descubrimiento.

¿Por qué razón eligió la inmigración como tema central, como el enorme tema que atraviesa la novela?

Por el hecho de que es uno de los grandes inconvenientes contemporáneos al que la humanidad debe contestar el día de hoy, y deberá hacerlo más aún mañana. La población mundial es cada vez mayor, mas el espacio común es exactamente el mismo y veremos movimientos humanos que van a ser notables por cuestiones económicas, ecológicas, de todo género. Si no estamos listos el día de hoy, con estos pequeños movimientos, va a ser peor en treinta o bien cuarenta años. Al redactar de estos temas, intento provocar diálogos con el lector y reflexiones.

Provoca diálogo con el lector, mas asimismo lúcida su conciencia, que recientemente semeja un tanto dormida.

Sí. La meta, ciertamente, es enfrentar al lector con temas que no siempre y en todo momento nos agrada abordar, pues es más simple mirar cara otro lado. Es más simple meditar que estos dramas salen en la TV o bien en un documental periodístico, mas no nos conciernen. Tenía ganas de implicar al lector, deseaba algo chocante que le atrapara.

¿Está Europa mirando para otro lado, están respondiendo nuestros político de forma conveniente al reto de la inmigración?

El inconveniente es tal como lo plantea. En teoría, hemos construido un sitio común, que es la Unión Europea, con un conjunto de reglas, leyes, pactos que explican que estamos en una suerte de solidaridad entre los países. Mas lo que ha probado la crisis migratoria es que hemos dejado solos a los países que han sido los primeros en ser impactados por la llegada de inmigrantes, concretamente Italia. ¿Y cuál ha sido el resultado? Quizás no sea la única razón, mas es una de las razones para explicar el ascenso de un Gobierno muy extremo.

Sí, de extrema derecha.

Sí, un Gobierno que, además de esto, dice: no, lo paramos. Deberíamos haber puesto en común nuestros medios, nuestras reflexiones… Italia, por razones geográficas, está en primera línea, mas todos y cada uno de los países europeos debemos asistir a Italia. Por ende, esta crisis migratoria revela esa especie de imposibilidad para conjugar ayudas dentro de un espacio político común. Lo vemos cuando, por servirnos de un ejemplo, Angela Merkel afirma que va a acoger a un millón de inmigrantes. Un acto que es, al unísono, político, económico y humanitario: Alemania es un país que avejenta, y en veinte o bien treinta años va a hacer falta una ayuda demográfica; asimismo hay un acto humano, mas vamos a ver de qué forma lo paga políticamente, pues ha sido muy criticada y ha provocado un incremento de los partidos extremistas. Aun una buena resolución, una causa justa, provoca efectos negativos.

¿De dónde viene ese temor al diferente, que en la novela se manifiesta en la reacción colérica de los habitantes de la isla contra el Profesor, que no ha nacido allá?

Realmente, es bastante fácil. Cuando todo va bien en un país, cuando la sociedad prospera, cuando la mayoría de la gente tiene calidad de vida, cuando hay trabajo, los extranjeros no son un problema; a la inversa, se les acoge. Mas es suficiente con que pasemos del desarrollo a la recesión, que la calidad de vida baje y el desempleo aumente a fin de que comencemos a buscar a los responsables. Y no los procuramos de forma inteligente, procuramos cabezas de turco, sobre todo por el hecho de que ciertas voces políticas, poco honradas y extremas, les apuntan: vienen a hurtarnos el pan, el trabajo, no son de acá, no tienen exactamente el mismo color que , no tienen exactamente la misma lengua ni exactamente la misma religión. Es el espectro de la posesión de la tierra, tal y como si haber natural de un sitio nos autorizase a tener ese sitio. La tierra es un bien común, no soy más dueño de la tierra en la que he nacido que el que desea venir y vivir.

Mas esas voces políticas irresponsables han sido escogidas por la ciudadanía. Algo de culpa tendremos…

Sí, los políticos que tenemos están hechos a nuestra imagen y similitud, nos los merecemos. Todavía de esta forma, hay un fenómeno bastante nuevo, que es la ubicuidad mediática, el hecho de que el político esté continuamente bajo el foco, delante de la cámara.

O bien escribiendo tweets.

Claro. Esta espectacularización de la vida política ha hecho que el político se transforme en un showman que interpreta su papel de forma histriónica, exagerando sus situaciones. Una cámara es como una lupa, aumenta los trazos, y como el día de hoy el político está siempre y en toda circunstancia delante de la cámara todo se ve ampliado, y asimismo se amplía. El tiempo tiende a los extremos, y eso es novísimo. Y es culpa de todos. Si hubiera una forma de decrecimiento mediático, ganaríamos en serenidad y en reflexión. Por el hecho de que se da una paradoja: estamos muy informados, mas ¿para qué vale? No tenemos ninguna interacción con lo que aparentemente conocemos. El hecho de saber, ¿me deja mudar algo? No, nada. No hay interacción entre ese input de información y la acción. Si ser informado llevara a una toma de conciencia seguida de una acción… Mas no ocurre eso, y un caso es la inmigración. La gente no ha salido a la calle para protestar, para solicitar a los políticos que hagan algo.

Bueno, en Francia tienen a los chalecos amarillos.

Es representativo, de nuevo, de la preocupación exageradamente francesa.

¿A qué se refiere?

Bastó con que aparecieran los chalecos amarillos a fin de que en Francia ya no se charlase de inmigración. Frente a la crisis migratoria, ciertos escritores, no muchos, escribimos textos y también procuramos acciones, mas no salieron doscientos personas a la calle. La gente pasa.

Pues cuando no te atañe a ti, cuando estimas que el inconveniente no te afecta, no pasas a la acción. Es reflejo del egoísmo, asimismo.

Sí, ciertamente. De todas y cada una maneras, hay temores que son irracionales.

En la novela, ya al final, el narrador se pregunta si la vergüenza es lo que devuelve la humanidad a los humanos.

Sí, sí, sí, esto es una genuina cuestión y no tengo la contestación. Creo que si somos capaces de sentir vergüenza con respecto a una acción que hemos hecho, eso prueba que aún tenemos conciencia de que fue desalmada. Con lo que podríamos decir que la vergüenza nos engancha con la humanidad. Toda la cuestión esencial, en el libro y en la vida, es de qué manera proseguir siendo humanos, qué hace que día a día, por mi forma de relacionarme con el resto, merezca el apodo de humano, qué es humano.

¿Y qué es?

Pasa por pequeñas acciones, pequeñísimas. No siempre y en toda circunstancia son tomas de posesión muy globales, ideológicas. Ser un humano es cruzarse con una persona en el corredor del hotel y decir buenos días. Son pequeñas cosas que explican que el principio de vivir en sociedad es estar juntos, no lado a lado.

Mas el día de hoy no dialogamos, hemos perdido esa capacidad.

Sí, y no obstante hay una genuina necesidad de diálogo, lo vemos cuando se hace un encuentro sobre un libro o bien un discute.

Aun político.

Mas para charlar hay que escucharse, y el inconveniente es que nuestros representantes políticos nos han probado que cuando festejan debates no se escuchan, son siempre y en todo momento 2 bloques ideológicos. Es imbécil, no se puede conversar de esta forma.

No sé si es fiel, mas en la novela hay un instante en el que el Cura escandaliza a sus feligreses con un sermón en el que afirma que Dios se ha acogido a la prejubilación. ¿Está Dios en cese progresivo de actividad y la culpa es nuestra?

Lo hemos mandado nosotros a la jubilación. Cuando era pequeño, iba a misa y la iglesia de mi urbe estaba llena. Y cuando el día de hoy voy, algunas veces, prácticamente está vacía, hay unas decenas y decenas de personas. Por tanto, la religión tradicional católica se ha desmoronado.

¿Por qué razón?

Quizás el humano precisó a Dios a lo largo de un tiempo, mas ahora se considera mayor. Mas se confunde, pues el humano es una criatura muy débil y en instantes de gran sufrimiento muchos de nosotros precisamos sentir un poder superior, algo que nos excede, una especie de trascendencia, una forma de espiritualidad que da consuelo, apoyo, perdón.

Hemos hablado de la responsabilidad que en todo cuanto sucede tienen los políticos y de la que tenemos los ciudadanos. Usted, que siempre y en toda circunstancia ha conservado su independencia artística y crítica, ¿de qué forma valora la figura del intelectual?

De entrada, la palabra intelectual en Francia es una cajón de sastre. Hay tantas cosas dentro que ya no sabemos realmente bien qué es un intelectual en Francia.

Con la tradición que tienen…

Sí, claro. En estos últimos años, el intelectual ha desaparecido progresivamente de los debates en Francia. A lo largo de años, el intelectual estuvo siempre y en toda circunstancia en primera línea, tomaba la palabra pública, si bien en ocasiones afirmase estupideces. ¿De qué manera se puede admirar aún a Sartre, que apoyó a regímenes salvajes, al comunismo en su horror? ¿De qué manera hubo intelectuales franceses que pudieron respaldar a Pol Pot o bien a Castro? Muchos se confundieron. Curiosamente, se excusa siempre y en toda circunstancia a los intelectuales que han admirado a líderes marxistas, mas se fusila a los que han admirado a líderes fascistas. Algo no cuadra. En un instante dado, los intelectuales estuvieron demasiado presentes, quizás, y ahora hay una suerte de retracción. Además de esto, la palabra política ya no se nutre de la reflexión de los intelectuales. Ha habido una rotura, lo que nutre ahora lo político son los comunicadores, los publicistas, la gente del espectáculo, que se han transformado en los primordiales distribuidores, no ya de ideas, sino más bien de apariencia. Sé que de manera voluntaria no hablo políticamente, no voy a las tribunas, no hago solicitudes. Considero que mi compromiso está en mis libros, y son libros-compromiso, en el sentido de que estimulan una reflexión en el lector. Hacer tribunas, peticiones… hay tantas que creo que ya no sirve para nada. Por último, ¿un prosista qué sabe hacer? Redactar ¿Y un cineasta? Rodar. Por consiguiente, leamos sus libros y veamos sus películas para poder ver qué deben decir.

Para finalizar, me agradan mucho las analogías que siempre y en todo momento ha encontrado entre la montaña y la escritura. ¿Son el montañero y el escritor conquistadores de lo inútil, como rezaba el título de aquel libro de Lionel Terray?

Es un título espléndido. Sí, creo que sí. Puede parecer inútil subir montañas o bien redactar libros y, al tiempo, son actos humanos que nos unen al planeta, un planeta físico, interior, que nos unen a el resto, asimismo. Hay algo que me agrada en la montaña, y es que cuando uno escala va a lo ignoto, estás en un terreno enorme, que te excede, eres pequeñísimo, y en la escritura es igual. Con nuestras fáciles herramientas, que son las palabras, procuramos hallar una vía en este territorio muy basto que es la humanidad, y trazamos una vía, como podemos hacer en la montaña, aun tomando peligros. No son peligros mortales, no podemos despeñarnos, mas nos exponemos a nos ser escuchados.

O bien a ser equívocos.

Sí, como es natural.

Mas vale la pena.

Desde entonces, lo creo verdaderamente.

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