Cultura 

Siempre nos quedará Leonardo

Un pasillo inundado por un torrente separa al visitante de la exposición. Para entrar a admirar las maravillas de Leonardo Da Vinci tan solo es necesario caminar sobre las aguas. La gesta es insignificante si se tiene en cuenta que la corriente es únicamente virtual, pero supone casi el mínimo gesto hacia quien pensó siempre en lo imposible. Leonardo tampoco hubiera dudado en cruzar la charca, si alguien lo hubiera conseguido es él. Adentro esperan algunas de las muchas excentricidades que componen el máximo tributo previsto por el país que lo vio nacer al cumplirse este 2019 los 500 años de su muerte.

Se trata de la muestra sobre el Código Leicester, un tratado de 72 páginas en el que el artista reflexionó a principios del siglo XVI sobre todo lo que era humano y no le era ajeno, organizada por la Galería de los Uffizi de Florencia. En una moderna sala del museo se pueden ver desde algunos de los inventos que nunca vieron la luz hasta sus más enrevesadas teorías, con el agua siempre como hilo conductor. La idea de partida de Da Vinci es que si la mayor parte de la superficie del planeta, así como la del cuerpo humano están compuestas por el líquido elemento, ambos deberían comportarse de un mismo modo. Estudió la circulación de la sangre gracias a los cadáveres putrefactos de gentes de los bajos fondos que la Inquisición le permitía tomar del hospital de Santa María Novella de la capital florentina y concluyó que el hombre y la naturaleza estaban en consonancia.

Pero si algo define a un genio son sus errores. A través de la observación del reflejo de la luz, comprobó que la Luna no era una gran esfera de cristal como se creía hasta entonces, sino que tenía una superficie rugosa. Y crecido por su descubrimiento, proclamó también que en ella había agua. Realmente, han tenido que pasar cinco siglos para certificar que en esto se equivocaba. «Buscamos ilustrar el lado artístico y el lado científico, pero el tema también está hoy de gran actualidad a nivel ecológico, social y político. Leonardo lanza la hipótesis de que hay agua en la Luna, pero lo que no podíamos esperar era que descubrieran hace poco que donde realmente existe es en Marte», afirma el director de los Uffizi, Eike Schmidt, casi a modo de indulto.

El Código Leicester ha vuelto a Florencia después de siglos en manos privadas. En 1717 fue comprado por Thomas Coke, conde de Leicester, del que heredó su nombre, y en 1994 Bill Gates lo adquirió en una subasta en Christie’s por casi 31 millones de dólares. Ahora, el fundador de Microsoft lo ha prestado para esta exposición, en la que también se puede ver el Código sobre el vuelo de las aves, elaborado por Da Vinci entre 1485 y 1490. Abandonado su proyecto del helicóptero primigenio, alumbró otra idea aún más singular: el hombre volador. Cuentan los escritos que, convencido de conseguirlo, el artista anunció proféticamente que «el inminente evento histórico del hombre-pájaro llevará las maravillas al mundo entero». Hubo inventos que no pudieron desarrollarse hasta muchos años después, no lo demos aún por descartado. Es el Leonardo científico con el que Italia ha anticipado el quinto centenario de su muerte.

Más cerca aún de casa

A lo largo de 2019 habrá alguna exposición más en territorio italiano, aunque todas a pequeña escala. Especialmente significativa será otra en el municipio de Vinci, cuna del artista, en la que se expondrán los paisajes del cercano río Arno que el Leonardo pintor diseñó durante su vida en la Toscana. En ella también colaborará la Galería de los Uffizi, el museo italiano que ostenta el mayor patrimonio del genio renacentista y que, sin embargo, se niega a prestar sus obras a Francia. El pasado julio la pinacoteca inauguró la flamante Sala Leonardo, en la que «La Anunciación», «La Adoración de los Magos» y el «Bautismo de Cristo», sus tres grandes tesoros, gozan de un gran espacio en el que se respira aire solo para ellas. Un modernísimo sistema de conservación, compuesto por un gran marco blanco y protegido por una mampara casi inapreciable, preservan las obras del calor y la humedad, al tiempo que las convierten en inamovibles.

«La Anunciación» estaba en la lista de obras que el Museo del Louvre había solicitado a Italia para una gran exposición que se organizará en París el próximo otoño, junto al «San Jerónimo» de los Museos Vaticanos o el famoso dibujo del «Hombre de Vitrubio», que se encuentra en la Galería de Venecia. El anterior Gobierno socialdemócrata italiano había firmado un pacto con el Estado francés para realizar un intercambio, por el que un año más tarde recibiría todas las obras que Francia tiene de Rafael, cuyo 500 aniversario se celebrará en 2020 con una gran muestra en las Caballerías del Quirinal en Roma. Pero con el cambio en los pasillos del poder y la llegada de un Ejecutivo soberanista, en un ataque de orgullo patrio, Italia ha trasladado su histórica disputa con los galos también a este terreno.

«Dar al Louvre todos estos cuadros significa dejar de lado a Italia en un gran evento cultural. Es necesario volver a discutir todo», dijo en una entrevista a «Il Corriere della Sera» la número dos del Ministerio de Cultura, Lucia Borgonzoni, de la Liga. La responsable del departamento comparte partido con Matteo Salvini, quien no pasa un día sin lanzar un dardo envenenado a su archienemigo Emmanuel Macron. Partiendo de la afamada apropiación francesa a los artistas que considera fetiche, Borgonzoni ofrece como explicación: «Leonardo es italiano, en Francia solo murió. No es Leonardò, como lo llaman los franceses, sino Leonardo». Italia considera además que no necesita material adicional de Rafael, pues ya cuenta con lo más preciado de su obra.

El Ministerio de Cultura italiano defiende que los museos en los que hay algún Leonardo deben estar en disposición de mostrarlos durante el quinto centenario de su fallecimiento, ya que el legado pictórico que dejó es escaso y además se encuentra muy repartido por el mundo. Y a esta teoría se abona también Eike Schmidt, cuando argumenta que tampoco «el Louvre deja que »La Gioconda» viaje, salvo en contadas excepciones», como en 1963 a Estados Unidos y en 1974 a Japón. También al país asiático se llevó desde los Uffizi «La Anunciación» en 2007, aunque poco después la inscribieron en la lista de las obras que no se prestan.

En Italia, al margen del patrimonio del museo florentino, quedan pocas más obras maestras que «La última cena», que se encuentra en un convento de Milán, en un estado de conservación tan delicado que ni se contempla su traslado. Un asunto de fronteras divide a uno de los genios más universales de la humanidad, pero mayor agravio aún sería para Leonardo convertirse en moneda de cambio con Rafael, con quien rivalizó durante toda su carrera, 500 años después de muertos.

La Razon

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