Educación Siri Hustvedt, la mujer que mira el planeta

Siri Hustvedt, la mujer que mira el planeta

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Si estas líneas fuesen un relato, estaríamos comenzando por el final, y el final es el día de ayer, cuando la escritora estadounidense Siri Hustvedt (mil novecientos cincuenta y cinco), –una de las autoras más reputadas de las letras norteamericanas, cuya obra ha sido traducida a más de treinta idiomas–, fue premiada con el premio Princesa de Asturias de las Letras dos mil diecinueve. Si estas líneas fuesen un relato, deberíamos profundidzar en toda esa historia de los principios y en de qué manera se transformó en escritora. Mas en ellos, en los orígenes, no acostumbra a haber más luz que la del dato biográfico y el saber, en este caso específico, que estudió Historia y después se graduó en Lengua y Literatura Inglesa, con una tesis sobre Hables Dickens.

Es ensayista, prosista, versista, y afirma misma, Siri Hustvedt –y esto sí que ofrece luz– que redactar es rememorar lo que jamás pasó. De forma que tal vez escribimos para adivinar, para procurar saber, como afirmaba Marguerite Duras, «qué escribiríamos si escribiésemos –sólo lo sabemos después– antes». Si se supiese algo sobre lo que se escribirá ya antes de hacerlo, jamás se escribiría. Realmente, no valdría la pena.

Hustvedt comenzó su andanza literaria con un libro de poesía, en mil novecientos ochenta y tres, «Leer para ti», y su primera novela, «Los ojos vendados», llegaría 9 años después explorando una temática muy querida para ella: mirar, la mirada, como en las espléndidas recopilaciones de ensayos «Vivir, meditar, mirar» o bien «La mujer que mira a los hombres que miran a las mujeres».

Pese a lo dicho –que es ensayista, prosista, poeta– y dejando a un lado nuestras ansias de clasificar, Siri Hustvedt es una mujer que observa el planeta y que sabe escribirlo y descifrarlo en su tremenda y apabullante dificultad. Prosista impecable, entre sus virtudes está la de integrar fabulosamente sus intereses –la neurociencia, el psicoanálisis, el inconmensurable planeta del arte– en el texto, siendo capaz de intelectualizar y examinar sin que el dato ciña la emoción.

Su consagración llegaría con «Todo cuánto amé», un título a la altura de lo que promete, si bien muchos, misma, la conocimos después con «El verano sin hombres», comedia tradicional y feminista, novela tras la que ya no vamos a poder regresar a emplear la palabra «pausa» sin meditar en Mia, la narradora de Siri Hustvedt, y en esta primera oración que cito de memoria: «Poco tiempo una vez que afirmara la palabra pausa me volví desquiciada y debieron ingresarme».

Afirman de ella que se ha pasado la vida abriéndose camino en un planeta de hombres. Que el feminismo atraviesa trasversalmente su obra. Que el Premio Princesa de Asturias de las Letras le llega reconociendo su indiscutible papel de intelectual volcada en las cuestiones esenciales de la moral moderna. Todo esto es la más absoluta verdad. No obstante, se olvidan de recalcar lo más importante: su mirada. Siri Hustvedt es una mujer que sabe mirar y a eso no se aprende.

Y llegamos acá al final del relato que es, por su parte, principio de otro. Qué más va a dar si, al final, vida y literatura acaban siempre y en toda circunstancia por confundirse. Mas sí. Enhorabuena, Siri Hustvedt.

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