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Sueños, intimidades, amores y memorias de Ana María Martínez Sagi

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Ya antes de fallecer, Ana María Martínez Sagi (mil novecientos siete-dos mil) le solicitó a Juan Manuel de Prada que no editase su obra hasta pasados veinte años de su muerte. Más que pudor era un deSeo: que la leyesen las generaciones futuras, no las presentes, a las que miraba con sospecha. Esa solicitud se transformó en una promesa y después, claro, en un hecho. En dos mil diecinueve el escritor publicó en la Compilación Obra Esencial de la Fundación Banco Santander una antología que recogía sus mejores versos y sus trabajos periodísticos (‘La voz sola’), y ahora ha seguido su empeño con un nuevo volumen en el que recoge dos libros nuevos de esta mujer inabarcable, ‘Donde viven las almas’ y ‘Andanzas de la memoria’. Entre medias, a propósito, el asimismo columnista de ABC se doctoró con una tesis dedicada a Martínez Sagi y levantó una monumental biografía de mil setecientas páginas, ‘El derecho a soñar’ (Espasa), que venía a llenar el rompecabezas de un personaje que ya había retratado en ‘Las esquinas del aire’. «Mi nombre va a estar ligado al de ella siempre y en todo momento. Ya me puedo fallecer tranquilo», bromea. Martínez Sagi tuvo una vida agitada como pocas, y en muy diferentes campos que van desde el deporte al periodismo pasando por la literatura y el anarquismo. En mil novecientos treinta y uno se coronó como campeona de Cataluña de jabalina, y en mil novecientos treinta y cuatro se transformó en la primera mujer en dirigir un club de futbol (el Barça). Que se sepa, fue la única mujer de España que ejercitó como fotógrafa en el frente a lo largo de la Guerra Civil, por no mentar su tarea como articulista comprometida. «Es una vida inverosímil de tan atrayente que es. Mas es que además de esto su obra es valiosísima, es una enorme versista. Ciertos de sus poemas están a la altura de los mejores poemas de esos años», afirma De Prada. Ese talento, insiste, reluce con luz propia en ‘Donde viven las almas’, una especie de diario lírico que, además de esto, oculta una historia amorosa preciosa y trágica. Amorío en Mallorca Ocurrió en Mallorca a lo largo de la primavera de mil novecientos treinta y dos. Ella estaba en un buen año, terminaba de publicar el poemario ‘Inquietud’, y hacía tiempo que conocía a la asimismo escritora Elisabeth Mulder. Se fueron juntas a la isla, al hotel Miramar, en el Puerto de Alcudia, que tenía una vista perfecta a la bahía de pescadores, una estampa Martínez Sagi jamás olvidó. Allá dieron brida suelta a su pasión. «Cuando muera la raíz de la vida y se extinga bajo tierra el eco de las voces, cuando mares y continentes desaparezcan en la nada, pervivirán en mi memoria el más leve de tus ademanes, la más intrascendente de tus palabras», escribe al comienzo, en un texto que entonces se descubrió como profético: si bien su relación se rompió más pronto que tarde, casi toda su poesía siguiente tomaba de aquellos días, de aquella isla, de aquellas noches. «Las huellas que dejo, las lágrimas que vierto, los versos que escribo no son míos: son tuyos, única y solamente tuyos». Tuvo otros amores, sí, mas no los cantó tanto. Su prosa está cargada de un erotismo que en ocasiones roza la mística y otras el cuerpo. «Te abrigo con mis brazos, acaricio tu cuerpo estremecido; y beso dulcemente, despacio, tu boca, tus ojos, tus pelos. Te beso, más y más, hasta verte tremer de amor y deSeo». Y también: «Obra tuya soy: por el hecho de que descubrí en tus brazos la vida y mi luz verdadera». Ella jamás pensó en publicar ‘Donde viven las almas’, si bien sí lo corrigió con esmero: el manuscrito lo escribió entre mil novecientos treinta y dos y mil novecientos treinta y cinco, y después volvió a ese bloc de notas en los años setenta. «Es un tratamiento preciosismo del lenguaje, tributario del modernismo», apunta De Prada, que recuerda que en ‘Donde viven las almas’ hallamos el germen de ciertos poemas que entonces recobrará y pulirá en ‘La voz sola’. Nueva Relacionada Spectator in Barcino opinion Si Ana María Martínez Sagi, «des-memoriada» Sergi Doria Al acometer la monumental investigación de Juan Manuel de Prada, en la que salva la obra poética de la protagonista, comprobamos qué bastante difícil es desactivar la «memoria histórica» -ese oxímoron- que ha canonizado la publicidad oficial ‘Andanzas de la memoria’ es otra cosa. Para comenzar, es un título que sí procuró publicar en vida: se lo entregó a Josep Maria Castellet, entonces directivo literario de Ediciones Península y Edicions sesenta y dos, si bien este lo rechazó por estimar que su modo de contar había quedado «desfasado». El libro está construido como un conjunto de viñetas autobiográficas, que van desde su niñez (la memoria siempre y en todo momento nos arrastra al mismo lugar, al tiempo) a sus viajes por Europa y su experiencia como maestra en la Universidad de Illinois, donde entró mintiendo, puesto que había descuidado la educación reglada a los 14 años. Es, no obstante, un relato edulcorado, lumínico, que sortea cualquier mención a los años tempestuosos que vivió en el frente, asimismo a las dificultades de su marcha de España en mil novecientos treinta y nueve y a las de sus primeros años de exilio en la Francia ocupada. No hay, tampoco, referencias a sus preocupaciones sentimentales. Lo explica misma en el prólogo: «Vámonos juntos, lector, por caminos claros y desperdigados, donde el Recuerdo va resucitando sus evocaciones radiantes. Vayamos asimismo por aquellos complicados laberintos en los que solo espectros y sombras de sombras se adivinan». «Su vida es un distintivo del siglo veinte, un caso de que en el momento en que te mojas de veras es imposible tener una vida impoluta», asevera De Prada. De ‘Andanzas de la memoria’ resalta sus juicios sobre la sociedad estadounidense, que admiraba tanto como le preocupaba. Criticaba la deriva de la universidad, que ya estaba dejando a un lado el conocimiento a favor de las emociones, y asimismo a los progenitores que mimaban a sus hijos, puesto que en estos veía una enorme crisis por venir. «Fue profética», puntualiza el prosista.

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