Una amarga visión de BarnaCultura 

Una amarga visión de Barna

«Todos están muertos», eso repite semiinconsciente en el centro de salud Clínic de Barna un chico que, ensangrentado y con claros síntomas de agotamiento, se ha desplomado horas ya antes a unos metros de la comisaría de la plaza de España. Además del suyo, en el pormenorizado análisis que le han efectuado al ingresarlo en el centro sanitario, han identificado en su cuerpo el indicio de otros 3 conjuntos sanguíneos, y eso huele a asesinato múltiple… mas absolutamente nadie sabe de dónde ha salido el chaval ni el papel que ha interpretado en la posible desgracia.

De este modo, Aro Sáinz de la Maza (Barna, mil novecientos cincuenta y nueve), reanuda en Obediente, por tercera vez, la cotidianeidad de Milo Malart, el inspector del Conjunto Singular de Homicidios de los Mossos d’Esquadra con el que sostiene un romance literario desde el momento en que, en dos mil doce, publicó El asesino de la Pedrera, rebautizada más tarde como El verdugo de Gaudí (Booket), y al que esta vez reencontraremos retando al mar en unas pocas páginas que, por sí mismas, ya valen más que ciertas novedades de literatura policiaca completas.

Con 2 conexiones mentales ineludibles -el recuerdo de El juego del ahorcado, de Imma Turbau, ahora en Navona, y el crimen real de Pioz, contado con detalle en el true crime de Beatriz Osa
Fragancia a muerte, publicado por Alrevés- la novela cuenta con un estilo sorprendentemente poético, que contrasta con el tono de las entregas precedentes de la serie, y una crítica visión de la Urbe Condal a lo largo del periodo siguiente al ataque terrorista de Las Ramblas; 2 rasgos interesantes que no hacen sombra, no obstante, a la mayor fuerza de Dócil: su capacidad para contar la historia valiéndose de forma equilibrada de todos y cada uno de los elementos narrativos y no solo del diálogo y la acción, los 2 mecanismos más recurrentes en el género.

Así es como Sáinz de la Maza, que escoge a Bach para introducirnos en la melancolía de Milo, nos ofrece algo poco a poco más bastante difícil de lograr en la ficción criminal: un retrato sincero de su protagonista, admisible en su debilidad y en sus incesantes dudas; y una radiografía urbana cuyo valor se ha visto multiplicado a raíz de la pandemia, por el hecho de que de súbito se ha transformado en el reflejo de un planeta que ya no existe y no sabemos si vamos a ser capaces, tanto para bien para mal, de recobrar.

Obediente.
Aro Sáinz de la Maza. Destino, dos mil diecinueve. cuatrocientos noventa y seis páginas. diecinueve con noventa euros.

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