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Yo asimismo he aprendido a aborrecer el imperialismo de Norteamérica

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En dos mil doce me invitaron a la feria del libro de S. de Chile. Me tocó una mesa sobre «violencia y literatura», una relación tan natural, tratándose de Latinoamérica, como la de Shakespeare y el periodo isabelino. Al final de aquella charla el moderador nos solicitó que charláramos de la experiencia de nuestros países con los E.U.. Por el ademán con que acompañó sus palabras, daba por hecho que esta había de ser obligatoriamente traumática. El mexicano Antonio Ortuño y el colombiano Santiago Gamboa pudieron abonar, con razonamientos, ciertas páginas al ya voluminoso expediente del país del norte. Yo, no obstante, tenía bien poco o bien nada que decir a este respecto. Venezuela, por norma general, había tenido una relación cordial con los E.U.. Y, quizá por la repercusión de la industria petrolera, la verdad es que los venezolanos del siglo veinte heredamos ese modus vivendi americano que idolatra el consumo, la modernidad y la superficialidad. Si para los USA la Latinoamérica era su patio trasero, para los venezolanos de los años setenta y principios de los ochenta, que viajaban frecuentemente a Miami a hacer sus compras, USA era su mall preferido.

Todo esto es poquísimo heroico, lo sé, mas este modelo pragmático de vida y gobierno nos dejó, en cambio, ser a lo largo de 4 décadas una de las pocas democracias estables en la zona y un cobijo para miles y miles de inmigrantes de las dictaduras circundantes y de ultramar. En el área cultural, la democracia venezolana supo asimismo acoger a sus apartados internos: esa intelectualidad de izquierda que, al desamparar la lucha armada, halló un sitio en las universidades, ministerios, gacetas, muSeos y distintas instituciones culturales. Espacios que fueron esenciales para la discusión y difusión de todo género de ideas y sucesos, incluidos la revolución cubana y el bum de la novela sudamericana.

La llegada de Hugo Chávez al poder alteró no solamente las relaciones diplomáticas con los USA sino más bien, aun, su memoria. Desde mil novecientos noventa y nueve, la oratoria revolucionaria empezó a implantar falsos recuerdos merced a los que por fin pudimos sumarnos al coro plañidero de las víctimas del intervencionismo yanqui.

«El imperialismo americano es el día de hoy más bastante difícil de identificar mas no por esta razón está menos presente ni es menos dañino. Me refiero a la corrección política, el lenguaje inclusivo, el movimiento feminista y un largo etcétera»

La idea de los USA como causante de todos y cada uno de los males del planeta marcha por su parte como un pararrayos que resguarda a tiranías como Van a ir, China o bien Rusia de ser juzgadas con idéntico rigor. A lo largo de los recientes enfrentamientos en Venezuela, los intelectuales del primer planeta parecían más preocupados por una supuesta invasión de Norteamérica que por los cientos y cientos de estudiantes aniquilados por la dictadura chavista. La posibilidad de esta intervención militar era algo más específico que, por poner un ejemplo, el navío armado que el gobierno chino ancló en nuestras costas en el mes de septiembre de dos mil dieciocho para un supuesto operativo hospitalario que jamás se efectuó. O bien que la llegada de efectivos militares rusos que en dos mil diecinueve fueron a inspeccionar las baterías antiaéreas que tienen instaladas en múltiples estados de Venezuela. Nada de esto ha provocado indignación entre los intelectuales comprometidos biempensantes de Europa y U.S.A..

De tal modo que soy el primer sorprendido al revisar que, a mi forma y con el tiempo, asimismo he aprendido a detestar el imperialismo de Norteamérica. Un imperialismo que en esta temporada de paz es más bastante difícil de identificar mas no por esta razón está menos presente ni es menos dañino. Me refiero a los primordiales debates culturales que se dan el día de hoy en el planeta, cuyo sello de factoría es made in USA: la corrección política, el lenguaje inclusivo, el movimiento feminista y el #MeToo, el movimiento antirracista y el #BlackLivesMatter, la cultura de la cancelación, las reivindicaciones identitarias, la nueva episteme educativa en la que el pupilo siempre y en todo momento lleva la razón y un largo etc..

Todas y cada una de las áreas de la llamada guerra cultural que copa el día de hoy las discusiones fueron ya anteriormente discutidas, puertas adentro, en los U.S.A. en las décadas de los ochenta y los noventa. De esta forma lo refleja un libro vital de esos años: ‘La cultura de la protesta. Peleas norteamericanas’, de Robert Hughes. Publicado en mil novecientos noventa y tres, el volumen recoge un ciclo de conferencias pronunciadas por el crítico de origen australiano en la Biblioteca Pública de la ciudad de Nueva York en el mes de enero mil novecientos noventa y dos. Allá, Hughes atacaba el conglomerado de susceptibilidades déspotas de «lo políticamente correcto». Lo interesante es el subtítulo de la obra, que refleja uno de los puntos enclenques de su reflexión: la creencia de que la cultura de la protesta era un problema interno de la sociedad estadounidense. Un fenómeno pasajero.

Las primeras décadas del siglo veintiuno no solo han probado la equivocación del pronóstico de Hughes sino han aportado, mediante las redes sociales, el soporte tecnológico idóneo para la expansión del imperio mental que nos domina y que ha transformado Occidente en un exorbitante conjunto de WhatsApp donde USA, en la mitad de gif, memes y fakenews, discute consigo.

En contraste al Borges de Tlön, Uqbar, Orbis, Tertius, que se despreocupa del nuevo cosmos traduciendo a Thomas Browne, dedico poco a poco más tiempo a leer libros de historia de los E.U., ensayos sobre Cromwell y los puritanos, novelas feministas de ciencia ficción, estudios sobre el antisemitismo de los negros, ensayos sobre algoritmos y vigilancia cibernética. Y debo decir que por fin estoy comenzando a comprender algo de la insensatez de nuestro tiempo. No obstante, me queda el amargor o bien la añoranza o bien la saña de no saber qué tesoros encontraría si me pusiese a pesquisar en los inconvenientes que verdaderamente me conciernen. Caso de que supiese, lógicamente, cuáles son esos inconvenientes.

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